Acabo de ver «Skinamarink»

6–10 minutos

de lectura

El argumento es simple: dos hermanxs se despiertan en una casa en la que ya no está su padre y comienzan a pasarle cosas raras, no solo a ellxs, sino también a la casa. La historia puede resumirse en una imagen: tu casa se aísla del mundo, se convierte de a pocos en búnker. Ahora paso a enunciar cosas más o menos aisladas sobre esta película de un señor llamado Kyle Edward Ball:


Me gusta cuando el cine se mezcla con el mundo de las pesadillas. La película es lenta, pero no me parece obtusa (si no tienes paciencia o te sientas con sueño, quizá mejor dejarla para otro momento). En una reseña publicada en Gatopardo, Alonso Díaz de la Vega señala una semejanza entre Skinamarink y la obra experimental Back and forth (1969), de Michael Snow. Vi esta película y entiendo semejanza, y me interesa en la medida en que señala la importancia de cierta visión sobre los espacios: estos están cargados de presencias (es difícil retraernos de la idea de que una puerta implica siempre la promesa de un cuerpo ((humano, generalmente)) que la atraviesa), son la evidencia de un ensamblaje. Lo inquietante en ambas películas es la forma en que están inhabitados o escasamente habitados en una dimensión que le pertenece a la vista constatar: es decir, no vemos gente habitando casi estos espacios y esa sensación inquietante o espeluznante, pero de a pocos nos sentimos incómodos porque, aunque no los vemos, esos espacios están siendo habitados.

Los espacios no solo son telones de fondo, claro; son parte de un ensamblaje complejo de vidas (de todo tipo, sean o no «espectrales»)… ques como decir: «una casa nunca está sola». Y lo que da miedo es no reconocer el funcionamiento de esa vida, en un momento, para luego constatar que esa vida tiene dientes y te quiere morder. Lo que sigue es la continua sensación de amenaza entre las sombras ques propia del miedo a estar solxs. Por lo que el argumento gana en coherencia con la forma, pues creo que a la gran mayoría de animales humanos hemos pasado por el horror de estar solxs en casa, sintiendo que en cada sombra se asoma el dolor y el peligro. Esto y la iluminación con que son presentados estos espacios me recordaron a un conjunto de imágenes que, desde que tengo memoria, me han causado mucha inquietud: las construcciones (tipo fábricas o bodegas) solitarias en medio de la carretera entre dos ciudades, en la noche. Este tipo de paisajes industriales inhabitados me han generado una sensación muy similar a la que me generó esta película. Lo que me lleva, por otro lado, a los famosos «espacios liminales» que son foco de grupos de fb, instagram o foros en los que se comentan o comparten fotos de espacios inquietantes o espeluznantes. De estos espacios, sin la necesidad de que estén relacionados monstruos, es muy fácil construir todo tipo de ficciones. Son espacios fértiles. El ejemplo más famoso y hasta absurdo: los backrooms, que hacen parte de todo un tipo de ficciones de terror cercanos a los creepypastas de internet. Lo que me lleva, por tanto, a señalar cierta necesaria relación entre la cultura de internet de este siglo con una película como esta.


Hay algo en su expresividad, que tiene que ver con sus pocos (pero bien utilizados) recursos, que refuerza la idea de que no es necesario un gran presupuesto para hacer cine cercano a la fantasía… y si es terror incluso le viene bien (me parece ques una película heredera, de muy buena forma, de la fórmula de El proyecto de la bruja de Blair). Esto implica, por supuesto, unas relaciones entre forma (o género) y modelos de producción que me interesa en particular. Por supuesto, creo que formas composicionales (o géneros) como el film-ensayo y el documental con archivo (y las zonas de contacto entre estas formas) también se aprovechan de estas condiciones materiales de producción; lo interesante es verlo en argumentales… y argumentales de fantasía/terror aún más. El recurso de las voces y los subtítulos, por ejemplo, apoyan la inquietud que generan los hechos de la película, da realidad a unas presencias entre demoníacas y fantasmales que son protagonistas, pero también opaca lo representado. La imagen cinematográfica resulta expresiva, espesa de recursos que intensifican la inmersión al ver la película.


Me da curiosidad el filtro de fílmico que se agrega (fue grabada digitalmente). La fotografía, en general, parece decir que la protagonista es la luz (y su ausencia), por eso el ruido, las sombras, la saturación con que por momentos se nos presentan las imágenes acompaña muy bien el ambiente aislado y solitario. Vamos como polillitas por la película y esa sensación de fragilidad la aprovecha la película (el televisor funciona como una fogata, además). Este filtro y las caricaturas (vía archive.org) que usan en el filme también me hizo pensar mucho en la hauntología, en la vida fantasmal de los futuros muertos (como pesadillas) que avanzan en paralelo. Parece, de algún modo, una película sobre un demonio casa que avanza arrancando el orden cotidiano. Aunque es aterrador, porque ese demonio quiere una cuota de sangre, hay algo profundamente emocionante en dislocar la casa (y la familia ((últimamente me parece ques un tema demasiado presente en las películas que he visto y no sé qué pensar))). Creo que, en un mundo saturado de películas-selfis, sobre la vida de lxs «directorxs-artistas-sufrientes-protagonistxs de la micropolítica película de sus vidas», se agradece que haya gente capaz de plantar distancia de sí mismxs (porque muchas cosas en unx mismx so el castillo, el panóptico, la policía, el Estado, parásitos). Lo menciono por dos cosas: el director ha dicho que es una película íntima, pero si unx no lo sabe la película igual funciona: eselente; ha dicho —parafraseando— que lxs protagonistas son él y su hermana de niñis, pero no lo escupe en la cara en el filme, no quiere con ello producir valor, es decir, no quiere que digamos «ah, como es una película íntima, honesta, sobre él y sus miedos y su familia, entonces es buena» (ya salimos del siglo xix con sus psicologismos, es increíble que este sea al día de hoy un juicio de valor). Todo esto porque, pa rematar, primero fue un youtuber que se dedicaba a recrear pesadillas de gente que llegaba al canal (actualmente tiene 46,8 K suscriptores) y, luego, su interés en torno a las pesadillas (por ejemplo) le ha servido para hacerse con una comunidad que, además, fue la mayor financiación de su película (vía crowdfunding). Estos modelos de producción y sus historias me parecen maravillosos, muuuucho más quel simple toque de mágica varita multimillonaria de Hollywood.


La casa, por supuesto, también ha sido una especie de fábrica. La familia rota, destruida desde adentro (algo más oscuro hay en la ausencia de la madre que la del padre de Skinamarink, por ejemplo) o desde afuera, implica un miedo profundo pa nosotrxs animales humanos. La fábrica reproductiva rota.

Quizá por este motivo también tengo que decir algo sobre los juguetes que usan lxs protagonistas. El famoso texto de Roland Barthes, en sus Mitologías (1983), sobre los juguetes inicia así:

El adulto ve al niño como otro igual a sí mismo y no hay mejor ejemplo de esto que el juguete. Los juguetes habituales son esencialmente un microcosmos adulto; todos constituyen reproducciones reducidas de objetos humanos, como si el niño, a los ojos del público, sólo fuese un hombre más pequeño, un homúnculo al que se debe proveer de objetos de su tamaño.

Los juguetes que se presentan: un set de LEGO para hacer ciudades, un teléfono con carita feliz, una casita de muñecas, una Barbie y peluches. Prefiguración de la exterioridad ruinosa en los trozos de casas, portones, calles que arman lxs hermanxs protagonistas con los LEGO y que quedan tirados por ahí. Son estos pedazos los que el demonio va acumulando mientras dice algo como «Yo quiero jugar». El peluche va porahi, de un lado a otro arrastrado, puesto en diversas tomas que nunca lo enfocan muy claramente: un cuerpo arrastrado por las circunstancias. La Barbie: me da pereza hablar de estas muñecas luego de la película de Gerwig (ojalá algún día se me quite). El teléfono, bueno, es el puente con la exterioridad, pero está embrujado, qué querés que te diga (como diría un argentino promedio en YouTube ((vi por primera vez video de Gaspi))). La casa de muñecas: más claro no puede estar. Los juguetes construyen un terreno común de juego. Quizá todo lo que sucede en la película (el demonio dando órdenes a lxs niñxs) va de un juego perverso, del «mundo adulto» que cobra forma demoniaca para adentrarse en un juego muy turbio. El juguete (y por extensión el juego), además, naturaliza ciertas funciones sociales, dice Barthes: el adulto manda y tiene el poder además para castigar cuando se le desobedece.


Por último… me emocionan las subjetivas que nos muestran la altura de lxs niñxs, su punto de vista.


[Reseña ampliada que publiqué en un inicio en mi recién abierto perfil de Letterboxd].

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