Acabo de ver «Le Tempestaire»: el cineasta sobrenatural

5–7 minutos

de lectura

Le Tempestaire es una película de 1947, dirigida por Jean Epstein, a la que llegué por estar leyendo sus ensayos y escritos sobre cine. La vi hace ya un tiempo, y la he repetido para repasar estas notas que escribí con la primera audición. Dejo aquí el link para verla en YouTube con subtítulos al español.

Aquí las notas sueltas hechas para esta entrada:

El inicio: introducción de un mundo que se comienza a mover, de a pocos, con la entrada de la cámara. La cámara como un dios del movimiento, máquina que pone a andar mundos sombríos. Pienso, también, en Juan Vico (en su libro La fábrica de espectros): el cine viene a colmar una necesidad de relación con los muertos, los espectros, los sueños, las vidas invisibles en nuestra cotidianidad. El cine engendra la sobrenaturaleza (cfr. Confluencias, José Lezama Lima). La película, que trata de la búsqueda de un «domador de tempestades» por parte de una enamorada que desea que su novio marinero vuelva sano y salvo del mar, expone al cineasta como un ente sobrenatural, al igual que este «tempestario» o «domador» o «sanador de vientos» que hará, finalmente, quel marinero regrese a donde su amante. Es decir, tempestario y cineasta son figuras paralelas: dialogan con el animismo del mundo, interceden ante él, mediadores, figuras en la anécdota, magos no tanto de la imagen como del movimiento, de la animación: el soplido del tempestario anima y calma. El cineasta, con su cámara y a través del montaje, anima también, es decir que sopla (por supuesto que hablo metafóricamente) el mundo, como un dios o un brujo, imbuye de ánima a las cosas (del griego ánemos, soplo): el mago sopla y el mar picado se retrae, también gracias a la imagen en reversa que Epstein monta.

También es elocuente y hermosa la disposición del tempestario ante el «mandado» que la protagonista le «impone»: no lo hace por dinero ni por oro; lo hace misteriosamente, sin inmiscuirse en la economía que ella le plantea. Trae la bola de cristal que deja ver el mar embravecido que calma con sus soplos. Cae la bola ante los pies del tempestario y me pregunto si el cine solo puede hacerse rompiendo cosas.

Las implicaciones de que Epstein piense al cineasta como una suerte de tempestario me exceden en este momento, pero su disposición me resulta clave, fértil, para el camino que he ido trazando a lo largo de las publicaciones en este blog sobre la relación entre imágenes, sueños, muertxs, animismo, visión y cine. Por tanto, estas notas tienen, sobre todo, un matiz teórico, una función de bitácora. Creo, por este mismo motivo, que este corto es un manifiesto velado sobre el quehacer cinematográfico. Algo oscuro se juega el tempestario y quien manipula las ima´genes y, con ello, entra en contacto con las cosas y sus movimientos. En ese fondo, en la previsión del tempestario, en la indocilidad de las imágenes y, por supuesto, del mundo y lxs muertxs, vibran algunos peligros.

El mar: lo absorbe todo. Su imagen no se reduce a un uso narrativo o dramático; no solo nos ubica en la interioridad apasionada de la amante ni nos alerta del peligro de la tempestad y el lejano amado. Las imágenes del mar marcan el ritmo de la película, que resulta la gran presencia, el guía de toda otra posible imagen. Su uso se abre y desborda lo paisajístico, lo metafórico y lo narrativo. Es una presencia doble, pues el mar es también el movimiento del viento, una especie de diablo (quiero decir de fuerza sin moralidad, un demoniocillo, un dios aberrante).


Los planos en los que el cielo ocupa la mayoría del cuadro y, debajo, pasan las personas, la amante que luego pasa nuevamente bajo el cielo con su amante retornado. El «duro» cielo «aplasta» la «blanda tierra» (como escribe con regularidad el papá de un amigo en feisbuk ). Su imponencia nos señala un mundo que se superpone a las pequeñas pasiones humanas: figuras del tiempo acelerado, mientras el cielo es lentísimo, casi inmóvil y, por eso, inconmensurable.

La historia «fantástica», de nuevo, que me muestra lo poco clara que es esta categoría de lo fantástico (y me pone varias tareas para aclarar mejor este campo conceptual). Este esquema que incluye al «tempestario» implica el diálogo entre las fuerzas exteriores a la humana, que no son necesariamente trascendentes. Son tan inmanentes como nuestro conjunto humano, de ahí que sea posible la comunicación con ella, que existan estos magos que «rescatan» al amado de la tormenta, del horror de la muerte en altamar y del horror de la tusa, del duelo.

Puedo completar, entonces, que el horizonte de acciones de un cineasta es ese, el de la «magia» que opera en la movilización y animación en la plena inmanencia, es decir: animar no va de imbuir de un alma que viene de otro mundo ajeno a este de los cuerpos y sus encuentros. Animar tiene que ver con varios mecanismos de tratamiento concreto, material, plenamente intrínseco a las maquinarias cinematográficas.

Las máquinas que se alternan o superponen con la vista del mar: esa como radio (supongo), la bola de cristal del «tempestario». Diálogo sencillo y mecánico entre un espacio, un cuerpo receptor y lxs humanxs que, llegan a las orillas de estos intercesores, para ver-oír aquello que puede o no estar vivo en medio de las sombras de la tormenta.

Epstein no solo da todo el cuadro al mar, al cielo, es decir a las manifestaciones físicas de las «fuerzas naturales», sino también a los artefactos de humana mano que, para mí, son además un nodo complejo, puntos de confluencia entre las facultades físicas de la materia no humana y hasta inorgánica y las capacidades de manufactura de los animales humanos. El cinematógrafo es otro de estos aparatos. El proyector, el papel, el libro. Epstein les aprecia harto.

Quizá todo esto implica, de algún modo, una relación entre la tempestad y la muerte, entre el marinero en alta mar y un muerto (imagen usual en el folclor y en la cultura popular) y, por tanto, la idea de la otra vida como un espacio y lxs muertxs como transeúntes y viajeros. Pero también entre los aparatos de comunicación y aquello que «ponen en contacto»: cine de relaciones sobrenaturales, es decir, relaciones complejas que no se quedan en el drama humano, en la anécdota social a secas, sino que se abre al mundo, al caos ques el mundo. (Lo que me lleva a pensar, pa terminar, en la Zona, de Stalker. ¿Hay, en el corazón de la tormenta (de las tinieblas), un tesoro?).


Todas las imágenes fueron extraídas de la película en cuestión.

Esta nota también se debe a (y por lo tanto se recomienda la lectura de) «Contener la inmensidad», una nota de José Emilio González Calvillo, que puede ser leída espichando aquí.

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