Tres trípticos

1–2 minutos

de lectura

1.

En Una mujer bajo la influencia (1974) de Cassavetes, desde el inicio se habla con incomodidad de la locura de Mabel. «Ella no está loca, solo es especial» dice Nick, su marido. En varios momentos ella dice que no está loca. Toda la película es la tensión de su crisis que vamos siguiendo con su lenguaje corporal y sus erráticos diálogos, pero sobre todo con su mirada, que, por supuesto, transmite algo más que su desequilibrio, que es lo único que parece que ven todos a su alrededor. Hay algunas escenas donde la luz cambia en su presencia, donde todo tiene una densidad diferente, como si se aislara en un mundo al que el registro exacto de la cámara no puede entrar. Luego viene el clímax, la tragedia que esperábamos, pero cuando más frágil parece esa luz extraña, algo pasa y lo vemos, por supuesto, en su mirada.

2.

En El desierto rojo (1964) de Antonioni, Giuliana se recupera de un ataque nervioso luego de un accidente. Eso es al menos lo que dice su esposo. Pero su desequilibrio no tiene esta razón particular, sino que es un malestar mucho más profundo por el mundo que la rodea y el cual no puede dejar de observar por mucho daño que le haga. Es todo lo contrario a lo que pensamos al principio: Giuliana no está retraída, paradojicamente, está mucho más abierta al mundo y puede verlo todo. Y sentirlo todo. Esa es la vibración cromática que nos asalta todo el tiempo en la película, porque cuando ella aparece siempre vibran los colores alrededor suyo en un mundo oscuro de hombres grises. ¿Qué dice su mirada? ¿Qué cosa extraña sus ojos tienen?

3.

En Sans soleil, Marker está en África, exactamente en Guinea-Bissau. Allí observa en un mercado a las mujeres y nota sus miradas esquivas que a veces responden a la cámara, y dice: «Todas las mujeres tienen incorporada una semilla de indestructibilidad, y el trabajo de los hombres siempre ha sido intentar que ellas se den cuenta lo mas tarde posible de esto».

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