SELVA DE IMÁGENES || IMÁGENES DE SELVA

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de lectura

Una Introducción a una serie dedicada a las representaciones audiovisuales de LA SELVA en Colombia

Las razones para una serie sobre la Selva son varias y se fueron acumulando con los años. En principio, cuando no se trataba de cine, sino de pensar en general el mundo en el que crecí, volvía una y otra vez a ella, porque siempre, desde la infancia, estuvo presente en los televisores y en los juegos infantiles. Era un mundo fascinante que se supone nos pertenecía en la medida que se habla de una nación y de un territorio compartido. Pero la verdad es que la selva era un lugar que estaba del otro lado, que aparentemente no tenía nada que ver con nosotros y que podía ser cualquier cosa: un relato de fantasía, el lugar de las leyendas, la escenografía de una guerra, un mundo de ciencia-ficción. 

Fotogramas: Tropic Pocket (2011) de Camilo Restrepo

No, la selva no hacía parte de ese hogar que es la infancia, era solo materia de relatos e imágenes, un punto verde en el mapa, una fantasía en la cabeza de un niño. Cuando jugaba en el caño detrás de mi casa con otros niños a los soldados y a los guerrilleros, portando armas de palos y arrastrándonos entre el barro y el rastrojo, me imaginaba como un intruso o como un colonizador que entraba a lo desconocido. 

Pero esto era verdad y mentira al mismo tiempo. Era un lugar lejano y ajeno, que no solo formaba parte de ese «territorio compartido» y de esas líneas nacionales ficticias, sino que en él se definía nuestro mundo inmediato: finalmente, somos hijos de una guerra interna, y esa guerra se libró, principalmente, en ese lugar que nunca había pisado. Pero uno empieza a jalar y se da cuenta de que el asunto va más allá de las imágenes televisivas del helicóptero sobrevolando el monte en busca de la guerrilla, de los combates en el monte entre los héroes de la patria y los subversivos, de los mártires secuestrados arrastrando sus cadenas por los infranqueables caminos. No, ese era solo nuestro mundo aparente de imágenes, las cuales, en un movimiento de ida y vuelta, ayudaron a construir esas distancias, esos márgenes, esos límites geográficos y sociales en los que crecí. Sin ellas no habría sido posible nuestra segregación, nuestros guetos de ríos, valles y montañas en los que muchos crecimos relativamente tranquilos en los dos mil. Mientras que al otro lado estaba, gestionándose, alimentándose, explotándose, el horror.

Todas las violencias posibles habían ocurrido en ese otro lado, y quizá por eso mismo su fuerza se extendía por todo el territorio y al mismo tiempo era el límite de nuestro mundo civilizado. Al otro lado estaba lo desconocido, lo otro, que a su vez estaba en nosotros. Como si un planeta extraño al que nunca vamos a arribar estuviera hacia adentro y no hacia afuera. Lo absurdo, lo espeluznante de todo esto, es que no es un mundo aislado, sino más bien unas extrañas entrañas que nos constituyen. 

Fotogramas: Tropic Pocket (2011) de Camilo Restrepo

Pongamos de ejemplo algo rápido: los flujos económicos internos y nuestra inscripción en un mercado global, los movimientos de población y el asentamiento demográfico, los discursos de una identidad fundada en la riqueza geográfica y cultural, las guerras libradas para la constitución de un estado de derecho, la delimitación de la legitimidad y la subversión, entre muchas otras cosas, tienen su punto de intensidad en la selva. Es como si la selva fuera el lado B de nuestro mundo civilizado, su revés indivisible y complementario. Cualquier historia de civilización, colonización, modernización, mercados globales, pasa por la selva. 

Más o menos consciente de esto, fui acumulando en mi cabeza representaciones de todo tipo que iban añadiendo pistas sobre este lugar desconocido. Por eso, esta serie quiere pensar las imágenes de la selva y qué nos dice sobre ese territorio esquivo y distante. ¿Cómo ha sido representada la selva durante todos estos años? ¿Cómo funcionan estas imágenes como herramientas para gestionar esas distancias? ¿Cómo, con las imágenes mismas, acercarnos a ella? ¿Cómo llegar a ella sin ir a ella? ¿Cómo entendernos perdiéndonos dentro de ella? 
Ir a la selva para entender lo que nos ha pasado, dejarnos devorar por esta. Un viaje sin retorno que ya se narró hace mucho tiempo.

Fotogramas: 1. El laberinto (2018) de Laura Huertas MIllán; 2. Suspensión (2020) de Simón Uribe

SELVA DE IMÁGENES ||

Lo primero en lo que pensamos es que la selva es un lado B, un territorio subterráneo, un mundo sumergido que complementa la otra cara que habitamos, que corresponde a la civilización y a la legalidad, un largo etcétera que crea dicotomías y contraposiciones. El asunto es que estas márgenes existen, pero no como una dicotomía clara y estricta. Lo problemático es que gran parte de estas representaciones se conciben y se leen desde estas artificiosas dicotomías, por lo que deberíamos más bien prestar atención a las distancias, los márgenes y los territorios que estas crean, y que son la base de dichas representaciones. Esta visión atraviesa todo nuestro proyecto de Nehhh.

Fotogramas: Suspensión (2020) de Simón Uribe

No es el objetivo trazar una genealogía detallada de las representaciones de la selva tropical, pero se pueden hacer algunas observaciones. Por una parte, la selva tropical sudamericana durante siglos fue habitada por pueblos que crearon miles de representaciones que sobreviven hasta hoy. Además, la selva empezó a ser documentada desde que los españoles pusieron un pie en ella, maravillados y aterrados por sus prodigios. Así, en esta genealogía podrían incluirse: los relatos orales de las culturas precolombinas; las primeras Crónicas de las Indias de los españoles en el siglo XVI; los relatos costumbristas del siglo XIX y las expediciones botánicas borbónicas en las que participó Alexander von Humboldt; la tradición de la novela de la tierra y la novela indigenista; el archivo fotográfico y audiovisual de la etnografía moderna en el siglo XX; incluso las representaciones exotizadas de la industria cinematográfica (durante mucho tiempo para Hollywood Colombia no era más que selva, como si no existieran aquí ciudades y decenas de geografías). Esto nos da un infinito archivo de todo tipo: historias, mitos y leyendas orales; crónicas, poemas, novelas, documentos legales y jurídicos; pinturas, fotografías, grabaciones documentales, películas de ficción…

Fotogramas: Fotografías de archivo en Suspensión (2020) de Simón Uribe

En muchas de estas representaciones se identifica un rasgo común: la dicotomía civilización-barbarie enunciada por el argentino Domingo Faustino Sarmiento a mediados del siglo XIX. Según esta, la selva es el espacio de la barbarie por tratarse de un ecosistema que no es apto para ser habitado por el hombre, y, por tanto, los pueblos que viven en ella son bárbaros. Esta imagen justifica un largo y violento proceso de colonización que perdura hasta hoy. Estos conceptos de civilización-barbarie remontan a las ideas de los naturalistas de la Ilustración, en particular a Buffon y Montesquieu, quienes en el siglo XVIII postularon que el hombre es reflejo del ambiente en el que vive: la diversidad física y cultural del hombre, costumbres, leyes y creencias se explican por la influencia de los diferentes climas sobre él. Estas ideas pasaron a formar parte de un marco epistemológico colonialista y eurocentrista, que llevó a una jerarquización de los pueblos y de los ecosistemas. Básicamente, sostenía que los territorios donde había estaciones y climas fríos eran más apropiados para el surgimiento de la civilización, mientras que en las tierras bajas y cálidas no era posible que la civilización surgiera. Incluso hoy en día, estos determinismos siguen siendo aceptados en las relaciones neocolonialistas entre el Norte y el Sur global.

Este modelo se reprodujo de manera local en las estructuras centralizadas de las jóvenes democracias latinoamericanas. En el caso concreto de Colombia, se constituyó un país de organización centralista con Bogotá como su centro administrativo (ubicada a 2.662 m s. n. m). El Estado es, desde la fundación de la República, manejado por una élite bogotana que construye su hegemonía política sobre la herencia hispana, conservando el imaginario de las tierras altas y las tierras bajas, ahora adaptadas a la escala de los pisos térmicos del territorio colombiano. Así, Bogotá, al estar en una zona alta con un clima más frío y una naturaleza menos inhóspita (y europeizada con la plantación de especies vegetales europeas), se considera el lugar propicio para el desarrollo de los proyectos civilizatorios (aunque, bueno, 200 años después no es que los resultados hayan sido muy chimbas). Por el contrario, las regiones periféricas del país, en especial la selva amazónica, se concebirá como la antípoda de la civilización. Estos territorios se mantienen marginales y solo son vistos como fuentes de extracción de recursos naturales. No obstante, desde las alturas de la sábana bogotana, hasta la impenetrable selva amazónica, se levantan puentes y lógicas que van constituyendo lo que somos, por lejanas que puedan parecer.

Fotogramas: Fotografías de archivo en Suspensión (2020) de Simón Uribe

Una vez establecidas esas lejanías, trazados esos límites, levantados los muros de la ciudad letrada, se construyen unas estructuras que gestionan ese territorio, tan complejas y enrevesadas que pueden parecer caóticas e ilegibles. Y las imágenes que se producen y circulan de la selva hacen parte de esa gestión. Estamos en una selva de imágenes que procuran esta distancia y mantienen alejados los peligros de la selva, aunque inevitablemente ellos terminen llegando a nosotros. La selva se vuelve el «corazón de las tinieblas», un territorio donde se disputa la riqueza y se alimentan economías que necesitan de la violencia y el horror: 

la selva trastorna al hombre, desarrollándole los instintos más inhumanos: la crueldad invade las almas como intrincado espino, y la codicia quema como fiebre. El ansia de riquezas convalece al cuerpo ya desfallecido, y el olor del caucho produce la locura de los millones. El peón sufre y trabaja con deseo de ser empresario que pueda salir un día a las capitales a derrochar la goma que lleva, a gozar de mujeres blancas y a emborracharse meses enteros, sostenido por la evidencia de que en los montes hay mil esclavos que dan sus vidas por procurarle estos placeres, como él lo hizo para su amo anteriormente. Sólo que la realidad anda más despacio que la ambición y el beri–beri es mal amigo. En el desamparo de vegas y estradas, muchos sucumben de calentura, abrazados al árbol que mana leche, pegando a la corteza sus ávidas bocas, para calmar, a fuerza de agua, la sed de la fiebre con caucho líquido; y allí se pudren como las hojas, roídos por ratas y hormigas, únicos millones que les llegaron, al morir. (José Eustasio Rivera, La vorágine)

No, la selva no es otro planeta, es una parte entrañable de nuestro mundo. La explotación de la selva alimenta las ciudades y los sistemas de producción. Pero también son los límites donde se disputa el orden legal: la subversión se refugió en la selva y le declaró la guerra al estado, y allí surgió el narcotráfico, es decir, los dos grandes poderes que enfrentaron la hegemonía bogotana en el siglo XX. No creo que podamos pensar nada sin pensar la selva, y por eso consideramos que es tan necesario revisar sus representaciones.

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Pero vamos al cine que es lo que nos interesa principalmente (aunque podamos dialogar con otro tipo de representaciones). En el corpus que compone esta serie predominan trabajos que se inscriben en la tradición del cine documental, lo que nos remite a unos antecedentes de la relación de este género con la selva.

Fotogramas: Suspensión (2020) de Simón Uribe

La representación audiovisual de la selva en Colombia empieza en las primeras crónicas de los años 20, en las cuales se reproduce esta lógica centro-periferia, civilización-barbarie. Así, primero apareció un cine documental de “variedades” que explotaba la curiosidad de los públicos urbanos por estas regiones periféricas (una mirada folclórica). Luego vino un documental turístico que atendía a intereses comerciales, así como un documental institucional que buscaba integrar estos espacios al imaginario nacional. Solo hasta la década de los 60 la situación cambió con la aparición de un documental más cercano a la antropología, que tenía una mirada más crítica a la violencia y al abandono estatal de estos territorios. Entre los 80 y los 90 el documental televisivo amplió este espectro y explora la riqueza cultural de estos territorios, bajo una visión mucho más multicultural. 

Finalmente, en el siglo XXI, son muchas las direcciones de la exploración audiovisual de la selva, la mayoría relacionadas con el conflicto armado interno y el narcotráfico, pero también con las comunidades y el territorio. En muchos subyace la pregunta de qué pasó en los últimos 30-40 años en este lugar que definió la formación de nuestra realidad nacional actual.

Fotogramas: 1. La impresión de una guerra (2016) de Camilo Restrepo; 2, 3. Cuerpos frágiles (2010) de Oscar Campo;

Para acercarnos a estos trabajos recientes, hay que tener en cuenta cuáles fueron los regímenes de representación de la selva en las últimas décadas: principalmente, la selva era el lugar del narcotráfico y de los grupos armados insurgentes. En el marco de la lucha global contra el terrorismo iniciada por los EE. UU. desde el 11 de septiembre de 2001, la selva colombiana se convierte, más que en un límite de la civilización, en un lugar contra civilizatorio, en el espacio, ya no solo de la barbarie, sino también de la ilegalidad y el terrorismo. Estos lugares salvajes son el hogar de las fuerzas del mal que amenazan la estabilidad del cuerpo social. Este es un imaginario que imperará en la opinión nacional en el siglo XXI, y por tanto, en el cine y en los medios de comunicación masiva, es decir, en la producción de imágenes sobre la selva. 

Los jóvenes directores se enfrentan a la herencia de estos imaginarios y a cierto estatuto de producción audiovisual y de visibilidad del territorio colombiano. No obstante, también se apoyan en una larga tradición documental que se ha preocupado por comprender los órdenes locales de estos territorios, y las fuerzas coloniales y civilizatorias presentes allí. Así, hoy en día, tratando de superar estas lógicas civilización-barbarie, muchos de estos directores adoptan miradas más críticas y experimentales. Trabajos que lanzan otras miradas a la selva, que complejizan su representación, que exploran esos detalles, esas relaciones que no hemos podido ver. 

Fotogramas: Suspensión (2020) de Simón Uribe

Como parte de esta serie, se hablará entonces de películas como: Cuerpos frágiles (2010) de Oscar Campo; Tropic Pocket (2011) de Camilo Restrepo; Aequador (2012) de Laura Huertas; El laberinto (2018) de Laura Huertas; Pirotecnia (2019) de Federico Atehortúa; Suspensión (2020) de Simón Uribe; Del otro lado (2021) de Iván Guarnizo. Pero también se harán revisiones de otro tipo de archivo audiovisual, incluso literario (imposible dejar a La vorágine fuera de esto). Pasen y lean. 

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