Este corto lo dirigió Carolina Mejía, y parte de la muerte, del ser amado (en este caso un abuelo) para gestar o dar forma a una serie de imágenes de las que quiero hablar, así sea brevemente.
Primero, el epígrafe. Jean Epstein preguntó en algún fanzín o en algún artículo: «¿En qué se diferencian las flores o las células o nuestros más nobles tejidos?» ¿Por qué traerlo a este montaje textual? La forma en que el corto se forma (ante nosotrxs y técnicamente hablando) implica la reunión y organización de materiales de distintas fuentes, como le escuché decir a Carolina en una charla, y preguntarse por la posibilidad de hacer una película de archivo «sin archivo».
Epstein monta en su verso-pregunta tres elementos: flores, células y nuestros más nobles tejidos. ¿Cuáles son esos —los más— nobles tejidos? Digamos, para ponernos líricos, que son los del «alma». Es decir: los intensivos, los afectivos, aquellos que no pueden sumarse, sino que cuantifican todo, lo multiplican, lo efervescen, lo fertilizan, lo florean. Las flores, las células, los tejidos del alma.

Sigamos, pero menos cursis: ¿por qué usar un material ajeno para hablar de lo íntimo, quizá uno de los tejidos más íntimos y nobles: el de la muerte? Es una pregunta que no es solo capciosa, realmente me pregunto esto todo el tiempo. ¿Cómo el mundo me devuelve imágenes de mí mismo en lugares, formas o movimientos que no sabía que podía ejecutar? Un amigo hace poco me dijo que los objetos que nos devuelven este tipo de imágenes son «oráculos». Entonces: ¿cómo tratar a las imágenes ajenas, es decir producidas por otros, como oráculos?

Desde hace un tiempo vuelvo una y otra vez a Chris Marker como el ejemplo de uno de los grandes ensayistas y uno de las autorías que más se enfrentaron a estas dos preguntas, según mi modo de ver. Marker ve oráculos, usa el registro ajeno (o hace ajeno el propio) de muchas maneras, magistralmente, con la «nobleza» de la que parece hablar Epstein. El asunto de fondo: la memoria. No solo para Marker, sino también en Lumbre. ¿Cómo se configura o produce la memoria a partir de las imágenes, sin importar de dónde vengan? Es, en toda regla, una pregunta propicia para un tratado filosófico o un vallenato. O un filme de archivo.
El filme de archivo sobre la relación con la familia en nuestros tiempos se ha convertido, junto con la novela de «autoficción», en el lugar común más jodidamente aburridor del mundo. No porque no sea posible hacer algo poderoso desde ahí, sino porque se han convertido, ya lo he dicho en otro lado, en las torres de marfil contemporáneas: me meto en mi novela sobre mí y mi familia para no tocar a lxs otrxs, lo otro, el misterio, el ajuera, mano. Es aterrador. Preocupantísimo. Lumbre hace parte de las películas que desde lejos podrían parecer una torre de marfil, pero no lo es. Y cuando digo que no lo digo con un no radical. Lumbre se ha abierto, ha dejado que lo otro la atraviese. En el cine, ese flujo de alteridad o de diferencia o de «negatividad» (como dice Adorno) es, porsupollo, el de las imágenes. De imágenes producidas fuera de mi experiencia, fuera de mi régimen privado de símbolos y miradas e imágenes y etc.

Otra manera en que esa negatividad coge vuelo o, mejor, teje estos nobles tejidos del filme es el sonido y, por supuesto, la «ausencia de este». En lugar de la tí-pi-ca voz en off que suele acompañar estos filmes, la voz, entre lírica y confesional, ocupa el texto, el subtítulo. Esto da lugar a que el diseño sonoro nos deje oír ciertas formas del dolor y de la muerte. El sonido acompaña una serie de archivos de grabaciones volcánicas, microscópicas, movimientos celulares (precisamente) y telúricos que no quieren representar nada de primerazo, que se sostienen en el zumbido y en los goteos para seguir contando la historia de una voz que ve la muerte y se pregunta por la memoria de lo amado.
Estoy de acuerdo con la idea de que la imagen «artística», por llamarla de algún modo, debe permitirnos ver, de repente, aquello que no es imagen. La inteligencia con Lumbre fue armada parte de elegir con sensibilidad, en medio de la sorpresa y el dolor, qué va a traducirse a imagen, qué podremos ver. Normalmente, creo que lo que se elige es mostrarnos la relación entre la voz en off y su familiar o ser querido, traducir el amor entre las dos personas en un tejido de imágenes, como lo haría una película generalmente: las manos que se tocan, las risas que se comparten, la miradas que se forman y delimitan el mundo de la relación. Creo que en Lumbre no, que el asunto está en otro lado. De nuevo, en la pregunta de Epstein: ¿qué diferencia a los volcanes, a la luz, a las células de nuestros más nobles tejidos?





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