ESTE ARTÍCULO CONTINÚA EL ANÁLISIS DE LAS PELÍCULAS DE LAURA HUERTAS MILLÁN SOBRE LA SELVA. LEE EL PRIMER ARTÍCULO: Aequador (2012): una distopia sci-fi en la selva colombiana.
Antes de ver esta película, no sabía que existió un «Cartel del Amazonas», liderado por uno de los socios del Cartel de Medellín. La selva siempre había sido para mí, dentro de una vaga idea de la cadena de producción de la cocaína, el lugar de cultivo y de gestión de rutas, pero nunca el centro de un cartel, que casi siempre asociamos a los espacios urbanos, a las grandes ciudades como Medellín y Cali. Pero no creo que el mayor interés de Laura Huertas Millán sea el narcotráfico, sino que creo que llegó desde otra dirección a la historia de Evaristo Porras y la mansión que construyó en medio de la selva
La directora, partiendo de su discusión sobre la etnografía y la colonización de la selva, persigue otra cosa: los flujos del capital global, que es la forma que toman los proyectos civilizatorios y de colonización en el siglo XX y XXI; de ahí que inevitablemente surja el tema del narcotráfico. Este ha sido, sin duda, uno de los fenómenos más importantes de las últimas décadas, a tal grado, que tanto selva como narcotráfico están asociados profundamente en nuestro imaginario traído de los noventa y de los dos mil.
Así crecimos: la selva era el hogar de la guerrilla y del narcotráfico. El problema es que lo veíamos como una expresión de barbarie, de ilegalidad, lo contrario al mundo civilizado y al orden del derecho que imperaba en otras regiones y en las ciudades especialmente; pero nada más alejado de la realidad: el narcotráfico no es más que la expresión más cruda del capital, forma parte de él. Por eso es tan importante pensar cómo fluye el capital y cómo su presencia fantasmagórica atraviesa y transforma la selva.

El laberinto (2018) – Laura Huertas Millán
Bueno, Huertas Millán llega a esta historia, pero ¿qué hace con ella? ¿Cómo contar otra vez una historia sobre el narcotráfico en Colombia? Así como en Aequador (2012), película de la que hablamos en una entrada anterior, la experimentación con los recursos y los lenguajes audiovisuales lleva a la directora a proponer unos mecanismos narrativos que ponen en cuestión los regímenes de representación de la selva, algo que además resalta en el tema del narcotráfico, que estuvo siempre tan cercano a un realismo literario con pretensiones sociológicas.
Podemos revisar algunos de esos elementos narrativos y audiovisuales y ver a dónde llegamos.
Una ruina, una fantasía televisiva y un narco-delirio
«Entre sus extravagancias estuvo la construcción de una réplica de la mansión de la serie estadounidense Dinastía».
Como en Aequador (2012), aquí también hay una ruina en medio de la selva que actúa como una presencia-ausencia de los sueños modernizadores que pasan por este territorio irreductible. Y lo de Evaristo Porras sí que fue un sueño modernizador alucinado, azuzado por la fantasía de la televisión que nos enviaba imágenes lejanas desde los centros del capital, de cuyo flujo participamos de forma periférica y subsidiaria. Porras quiso imitar en medio de la selva amazónica, la mansión de la famosa telenovela Dinastía (1981-1989) construida en las Montañas Rocosas de EE.UU. Surgen entonces estas historias extravagantes e inverosímiles, nuestras imágenes de la modernidad.
El laberinto (2018) – Laura Huertas Millán
Un texto introductorio al inicio nos sitúa en la historia del capo y su mansión, y es seguido por una voz en off que nos cuenta algunos detalles de primera mano. Cristóbal Gómez trabajó como mayordomo allí, y cuenta escenas vistas en esa época de esplendor, como las bacanales que su patrón hacía con políticos y generales, o el trato que se les daba a los trabajadores rasos, que muchas veces eran asesinados por sus propios jefes para ahorrarse sus sueldos.
Pero desde el inicio mismo se nos presenta la estructura narrativa compleja de esta película. Esto que escuchamos no es el típico recurso del testimonio del documental tradicional, que a través de la recolección de datos y material documental intenta construir un discurso expositivo que dé acceso al espectador a una realidad que no conoce (de igual manera se renuncia a una estructura narrativa causal), sino que la voz y las anécdotas de Cristóbal son usadas desde su materialidad para ser montados junto a otros archivos.
Su testimonio y su voz se alternan con imágenes de dos fuentes diferentes: tomas en 16 mm y en HD que la directora hace de la selva y de las ruinas, e imágenes de archivo de la serie Dinastía. Se crea entonces un montaje asociativo que integra tres elementos: los recuerdos del hombre, imágenes documentales de la selva y las imágenes televisivas.
Estos elementos son cruzados, superpuestos, intercambiados, creando una serie de disonancias y cercanías que acercan, a través de las imágenes y el sonido, estos dos mundos distanciados e incompatibles, que sin embargo, han entrado en contacto gracias a las fuerzas fantasmagóricas del capital. ¿Podemos ver gracias a este montaje, en las iluminaciones que generan las cercanías y lejanías de imágenes, estas fuerzas insustanciales? Veamos algunos momentos y asociaciones que nacen de estos cruces.
En el inicio tenemos un primer entrecruzamiento de sonido e imagen: aparece la cortinilla de la serie con unas notas musicales introductorias que expresan cierto brillo y sofisticación, junto a una panorámica de la mansión texana en todo su esplendor de campos verdes y arquitectura aristocrática. Pero de pronto la imagen cambia y, mientras siguen sonando estas notas, empezamos a ver la ruina en el Amazonas. En este montaje tenemos no solo un enorme salto temporal y espacial, sino que también se genera una idea: estas notas musicales son una fantasía que se diluye frente a la prueba material de la ruina, del fin de estos sueños (desde el inicio sabemos que Porras murió pobre y enfermo). A su vez, esto muestra la gran incompatibilidad entre los sueños del norte y el territorio de la selva, violentado por estos sueños.
El laberinto (2018) – Laura Huertas Millán
Estos contrastes, estos fuera de lugar, también surgen cuando escuchamos unos diálogos amorosos y afectados de la serie —acompañados con una música romántica— y vemos tomas fijas de basura flotando en sucios charcos dentro de la ruina. En otras escenas, los papeles se invierten: mientras escuchamos el sonido de la selva, de los insectos, de los animales y de la vegetación, vemos a actores de la serie gringa en escenas repetitivas, de espaldas, como cuerpos sin rostro que parecen presencias fantaseadas, hostigadas por los sonidos de esos lugares distantes que nunca pisarán, pero de los que depende la riqueza de ese mundo que han fantaseado a miles de kilómetros.
El laberinto (2018) – Laura Huertas Millán
Hay escenas donde los imaginarios de riqueza se yuxtaponen. Por un lado, está el relato de Cristóbal sobre las extravagancias de estos narcotraficantes y, por el otro, las imágenes de riqueza que muestra la serie, como los interiores de la mansión, joyas, autos y aviones. Es decir, el relato se muestra como eco de estas riquezas imaginadas. Vemos el original, pero la voz nos invita a imaginarnos cómo fue el esplendor de esa copia, cómo era la ostentación en eso que ahora es ruina. ¿Cómo imaginar las imágenes ausentes, las imágenes al interior de esos sueños ya desvanecidos? Las fantasías tropicales de riqueza sobre los céspedes cortados y los pisos lustrosos de la fantasía televisiva.
El laberinto (2018) – Laura Huertas Millán
En otro momento, hay una asociación entre los pozos petroleros de Texas y los cultivos de coca en el Amazonas. Esto nos remite a la idea del extractivismo de recursos naturales, a un paralelismo entre dos recursos primarios que mueven la gran maquinaria de superproducción del capitalismo: “el petróleo es el combustible de las máquinas, la cocaína es el combustible de los cuerpos» (Saviano, 2014). De una u otra manera, tanto la riqueza de los personajes ficticios de Dinastía como la riqueza perdida de Porras tienen origen en estas actividades extractivistas, que generan daños ecológicos y diferentes violencias. No es casualidad que la secuencia de los pozos petroleros termine con una explosión, lo que hace pensar en toda la violencia que ha desplegado el narcotráfico en Colombia.
Entre todos estos momentos, es especialmente elocuente la yuxtaposición del sonido de la serie de TV sobre estas ruinas, lo que genera una capa alucinada a esas imágenes. En esos espacios que la ruina ya no contiene y que han sido devueltos a la intemperie, es decir, a la selva, esos sonidos catódicos rebotan como fantasías insulsas y pasadas, de una modernidad siempre impuesta a punta de violencia. Uno no deja de pensar en las bacanales de los mafiosos y la fuerza pública, y también en las torturas o asesinatos que pudieron llevarse a cabo ahí. La luminosidad de esos sonidos y de esas imágenes estalla contra las paredes ruinosas, rayadas, porosas, musgosas, mugrosas que quedan de ese espacio de horror. Y, a su vez, estas paredes —ya ruinas— se ahogan en la inmensidad de la selva. Un eco que se pierde dentro de otro eco.
El laberinto (2018) – Laura Huertas Millán
Y aquí surge el otro gran elemento de la película: cómo estas fuerzas modifican la selva, para lo cual es importante que la directora documente y muestre estos espacios. Las tomas de la selva adquieren una capa más densa como efecto de este montaje. Es decir, no se trata solo de contar estas fantasías narco-capitalistas, sino que este es un caso elocuente que habla de algo más: de la selva y de las fuerzas fantasmagóricas que habitan en ella.
La selva y lo espeluznante
En esta película se mantiene el interés por documentar la selva, por mirar la extrañeza de sus formas y sus texturas, al igual que el sonido incesante de esta exuberante vida. Se repiten entonces técnicas que habíamos visto en Aequador, como la composición interna de los planos, que crea ritmos y patrones visuales con la materialidad de la selva, las ruinas y las imágenes de fantasía de la televisión. Este último elemento incluso le da un toque ficcional a esta historia real.
Haciendo un paralelo con Aequador, en esta película Huertas Millán sigue construyendo una mirada que va en contra de la familiarización de los códigos de la etnografía, y, de igual manera, crea un extrañamiento en el espacio de esta ruina. Pero aquí se integra algo más: una pregunta más directa por esas fuerzas externas, más amplias, que ordenan este mundo que ha sido integrado, a su manera, al orden civilizatorio. Es el testimonio del mayordomo y las imágenes de archivo lo que produce otros medios expresivos y discursivos que permiten reflexionar sobre estas fuerzas.
Para este fin, la ruina es un elemento fundamental. Para entender los sentidos que genera, puede hacerse una pregunta siguiendo a Mark Fisher: ¿quién ideó esta mansión? ¿Qué fuerza estuvo detrás de su construcción? Desde un inicio se nos dice que esta fue una de las extravagancias del narcotraficante Evaristo Porras. Pero este hecho es tan inusual que la pregunta no puede cerrarse aquí. Realmente, ¿qué fuerzas están detrás de esta “extravagancia” de Porras? Dice Fisher (2016):
Teniendo en cuenta que lo espeluznante es un aspecto clave en el problema de quién o qué realiza la acción, está muy relacionado con las fuerzas que rigen el mundo y nuestras propias vidas. Debería quedar especialmente claro a aquellos que vivimos en un mundo capitalista globalmente interconectado que tales fuerzas no son del todo accesibles a nuestra aprehensión sensorial. Una fuerza como el capital no existe en ningún tipo de sentido sustancial, pero es capaz de provocar efectos de casi cualquier tipo. (p. 80)
Huertas Millán se está preguntando por estas fuerzas insustanciales, que toman una connotación espeluznante en el sentido de ser una presencia que no debería estar ahí. Y esto no se refiere solo a la ruina como materialidad, a que nadie debió haber construido esta mansión en la selva, sino a la fuerza insustancial del capital que llevó a su creación, así como a todo lo que conlleva esta fuerza: unas prácticas de violencia que se repiten y se replican siempre en estos territorios, subyugados bajo este orden global post colonial de explotación de recursos naturales.

El laberinto (2018) – Laura Huertas Millán
A este respecto, el montaje asociativo nos permite entrever estas “fuerzas interconectadas”, estas influencias y relaciones globales-locales que, en la simple observación de una ruina, no pueden revelarse. Así, el uso de las escenas de la serie Dinastía no se queda en el plano demostrativo o ejemplificador, en mostrar cómo era el modelo original de la réplica. Por el contrario, hay múltiples niveles de asociación que generan ideas alrededor de temas como el flujo de capital global y la influencia de los sueños capitalistas de riqueza y lujo en los narcotraficantes colombianos.
Pero es necesario entender cómo se crea un discurso crítico sobre estos procesos. Si se leen los ensayos de Huertas, se puede encontrar una reflexión argumentada sobre los orígenes y consecuencias de estos modelos coloniales que siguen existiendo. Pero en esta película lo que se crea es una especulación por medio de la asociación libre del material audiovisual. No existe, pues, una argumentación, una denuncia o juicios acerca de los efectos del narcotráfico y del capital global sobre estos territorios, sino que su propuesta lleva a dos cosas: a tratar de entrever visualmente el encuentro contradictorio de estos dos mundos, y al intento de una «aprehensión sensorial» de la presencia e influjo de estas fuerzas espeluznantes, como hemos visto en las asociaciones que genera la película y las ideas que surgen de ellas.
Por supuesto, todas estas son asociaciones libres, caminos de interpretación que el espectador puede tomar gracias al efecto de estos montajes. Así, partiendo de la idea de que el capital es algo insustancial que puede generar consecuencias extensivas en los rincones más lejanos del planeta, podemos entender un poco mejor cómo está conformado este orden y qué posición subsidiaria tiene Colombia en él.
Esta es la manera como el capital puede funcionar en estos territorios que parecen “impenetrables”: a través de la construcción de complejas redes de explotación colonial, dependencia económica y violencia física y simbólica (de la que hacen parte, por supuesto, representaciones coloniales como la etnografía). Pero la película se centra en algo particular: en las fantasías de riqueza, en esa capa más subjetiva del deseo que engendra estos sueños (pesadillas) de catódico oropel, imprescindibles para el flujo del capital, como si fuera su material de conducción. Pero hablar de subjetividad es hablar de un individuo. ¿Cómo ubica la película al individuo en esta indagación de fuerzas no humanas?
Otras fuerzas espeluznantes en la selva
El testimonio de Cristóbal Gómez abre otra cuestión que debe verse con atención: la posición y el papel del individuo en este enorme sistema y su relación con otras fuerzas que habitan la selva.
A pesar de la centralidad del relato del narcotraficante, la película está dividida en dos. En la primera parte se presenta el relato de la mansión y de Porras, mientras que en la segunda la figura central es Cristóbal, quien cuenta sobre su vida en la selva, lo cual se alterna con imágenes de él recorriendo estos espacios. Relata cómo, desde su niñez, se acostumbró a trabajar en cualquier labor que le propusieran, terminando así como peón del negocio del narcotráfico.
El laberinto (2018) – Laura Huertas Millán
De repente, el centro de la película deja de ser las grandes historias del narcotráfico para adentrarse en la pequeña historia de este hombre. En su relato conocemos su vida sencilla, su vida de trabajador raso, que es igual a la de muchos campesinos e indígenas que, en condiciones de pobreza y de completo abandono estatal, siempre han engrosado las filas del narcotráfico como mano de obra siempre disponible. Esto nos lleva no a los sueños alucinados del capital, sino a otros órdenes de vida, a otras formas de concebir la relación con la naturaleza y, por tanto, con otras fuerzas que habitan en ella. El movimiento de Huertas Millán aquí es muy ambicioso: hacer surgir, en paralelo a estas fuerzas espeluznantes del capital, otras fuerzas que rigen la selva, igual de espeluznantes, quizás, pero de un orden completamente diferente.
En cierto punto, Cristóbal empieza a contar la historia de una alucinación que tuvo cuando cayó enfermo mientras trabajaba en la selva. Nos cuenta cómo se le presentó una anaconda, que él interpreta como la muerte, y un antepasado que le recuerda que no está solo y que hace parte de un orden mucho más amplio, a nivel temporal y físico. Esto nos lleva a un mundo de entidades no humanas que viven en la selva y que han estado allí desde mucho antes de este orden que conocemos hoy.
Todo este relato se cuenta mientras un plano fijo filma una enorme luna en el cielo, y la película termina con una última escena que intensifica esta atmósfera de misterio. En esta, vemos a Cristóbal en la oscuridad, tenuemente iluminado por la luz de una fogata y de una linterna. Una opacidad de visión que nos remite a esta idea de impenetrabilidad de esta otredad que no podemos asimilar a nuestra experiencia. Aquí, visualmente, la película se vuelve más sugestiva y aparece una música inmersiva, haciendo uso de la estética que más extensamente está en Aequador.
El laberinto (2018) – Laura Huertas Millán
Con esto culmina ese giro que intenta mostrar que no solo las fuerzas colonizadoras moldean este mundo, sino que hay realidades más allá del hombre y del capital, presencias espeluznantes que rigen un orden más profundo y complejo, supranatural y místico. La película, de esta manera, hace un recorrido por diferentes presencias no humanas, fuerzas externas que escapan del entendimiento humano o, al menos, que no se pueden interpretar desde una experiencia corriente, desde una percepción sensitiva habitual. ¿No son acaso igual de fantasmagóricas, igual de espeluznantes, la presencia fantasmal de esas imágenes televisivas y las imágenes místicas de la selva? ¿No son, en diferente medida y con diferentes naturalezas, fuerzas que rigen los destinos de los hombres, que exceden su experiencia cotidiana?
Volver a ver la selva
Como dijimos en el artículo sobre Aequador, la selva, para esta época, se ha convertido más que en un límite de la civilización, en su antípoda. Huertas Millán ciertamente trata de evaluar estas connotaciones, de hacer una revisión de estos relatos de violencia que escuchamos a través del testimonio de uno de tantos trabajadores rasos de los cultivos de coca. Pero la forma en que la directora los presenta, con estas técnicas experimentales que hemos revisado, nos permite desactivar códigos de representación y hacer otros recorridos: desde un gran relato que se pregunta por las fuerzas externas que moldean la selva, hasta el relato de un hombre pequeño que tiene una relación con la selva en otro plano, que alude a fuerzas no humanas. Hay, entonces, una evaluación profunda de las fuerzas que habitan en estos espacios, incluyendo al capitalismo y otras fuerzas sobrenaturales del territorio.
Más que un territorio limítrofe, más que un revés de la civilización, la selva es vista como un espacio complejo donde interactúan diferentes fuerzas que son difíciles de entender, de «ver», de «aprehender sensiblemente». Frente a relatos simplistas como los de los noticieros de TV, que nos presentan la selva como un lugar fuera de la civilización y de la ley, estas dos películas intentan adentrarse en la selva y ver cuál es nuestra relación con ella, cuáles son esos puentes que están trazados hasta los centros urbanos: un complejo sistema que se sale de nuestra comprensión y percepción, pero ante lo cual no deberíamos claudicar, sino arriesgar otras miradas que nos hagan ver algo de esta complejidad.
Un propósito que muchos han asumido y que da cuenta de una tradición mucho más rica de lo que se piensa, y en la cual tenemos ese enorme referente que es La vorágine, de José Eustasio Rivera, quien ambicionó justamente con esto: adentrarse en la selva y comprender no solo sus misterios inaprensibles, sino también cómo, de una manera compleja, la hemos integrado a nuestra civilización. Así sea parcialmente, en una constante tensión de rechazo e ilegibilidad.
Referencias
Roberto, S. (2014). Cero cero cero. Cómo la cocaína gobierna al mundo. Barcelona, Anagrama.
Fisher, M., & Molines, N. (2018). Lo raro y lo espeluznante. Barcelona, Alpha Decay.






















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