Una nota de Daniel Mesa.
Hay una historia de Nietzsche que Béla Tarr volvió película en el 2011 como su última película: El caballo de Turín. La historia cuenta que el bigotón vio a un equino muy triste en Italia. Lo habían maltratado demasiado y, por eso, Nietzsche lo abrazó. Eso de pronto es mentira para darle más ternura al yunque de vida que fue la de ese filósofo alemán:
El 3 de enero de 1889, por la mañana, Friedrich Nietzsche abandona su casa de la calle de Carlo Alberto, en Turín, para dirigirse al centro de la ciudad. En el transcurso de su paseo es testigo de una escena que le hace detenerse: un cochero está maltratando a su caballo que, exhausto, no quiere continuar la marcha. Nietzsche interviene. Rodea el cuello del caballo con sus brazos y rompe a llorar. Sus últimas palabras son: “Madre, soy tonto” (“Mutter ich bin dumm”). Luego viene el derrumbe, una pérdida del habla y de la conciencia que durará diez años, hasta su muerte justo en el cambio de siglo, en 1900. [1]
En la cinta de Tarr los personajes están en un fin del mundo silencioso, sin estallidos ni alarmas. El caballo aparece en reiteradas ocasiones a blanco y negro siendo usado como fuerza de trabajo por su dueño, su arriero de larga data. Parece que Béla Tarr se imaginó la vida del caballo antes de ser abrazado por el cambio de siglo para crear un fin del mundo humano: ya no hay espacio, ya no hay mundo afuera que conocer, sólo hay tiempo que pasa y pasa entre dolores. Esa es la tesis de Tarr, su asidero a la realidad. No volvió a hacer películas para no tener que enfrentar el precipicio absoluto de saber que las cosas no son tan así, que sí hay un mundo por hacer y un cargamontón de vida por delante.
Un caballo hambriento y cansado se desplomó en pleno malecón de Guatapé el fin de semana pasado. Vienen desplomándose en Marinilla, en Cali, en Medellín, en Cartagena, en Caucasia, en todos lados. [2]
El año pasado estuve en Marinilla, en el festival de cine. Una de las noches afuera del recinto donde sucedieron todas las proyecciones vi a un perro buscando afecto entre las personas que fumábamos y bebíamos entre palabras. Tenía las orejas en punta, hocico alargado y un pelaje veteado como medio barcino. Su cola era prolongada, se meneaba con insistencia. Al detallar un poco el lomo del animal se dejaban ver unos parches de piel rojiza, en lugares pelada y en otras, blanca como si tuviera un pozo de caspa. Al ver eso con otro amigo los dos hablamos sobre el dolor que producía mirarlo restregarse de espaldas desesperado contra el piso. Teníamos ganas de abrazarlo, de rascarlo sin parar hasta que se tranquilizara y poderle echar todos los remedios posibles, talcos, pomadas, menjurjes, cualquier cosa funcional para la piquiña hasta los huesos. Pero no lo hicimos. Nos limitamos a grabarlo y a evitar mirarlo a los ojos para no creer, como Nietzsche, que el mundo donde estábamos parado no existía, no valía, no podía ser nuestro mundo con las respuestas a nuestras dudas, con los afectos acordes a nuestros deseos, con nuestras vidas siendo más que datos, o perfiles, o avatares.
El cineasta puede tomar de la vida absolutamente todo, sin restricción. Incluso la «materia muerta», una mesa, una silla, un vaso, aislados de todo lo demás dentro de un encuadre, pueden ser presentados como si estuvieran fuera del discurrir del tiempo, como si los viéramos desde el punto de vista de la ausencia del tiempo. [3]
Usando la cámara pudimos convertir al animal enfermo en un objeto de nuestro mundo, siempre neonato, siempre ausente de tiempo cuando el cine lo atraviesa con todo su abanico de porvenires. El perro de marinilla se fue meneando el rabo de lado a lado a frotarse contra otro poste con otra gente en otra cuadra. ¿Habrá alguien allí para quién también empiece el mundo?









[1] Tomado de https://elpais.com/cultura/2012/04/04/actualidad/1333533760_793957.html
[2] Tomado de https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/pequenas-grandes-revoluciones-DL17492346
[3] Tarkovski, citado en: Rafael Llano, Andrei Tarkovski. Vida y obra. Filmoteca de Valencia, 2003, p. 192.



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