Por: Adolfo Guerrero
Recomendación: F for fake (1975) de Orson Welles
I
Hace años, cuando iba a las librerías a dar vueltas por los corredores solo para ver qué había, muchas veces me encontraba con muchachitos, y a veces muchachitas, agarrando los mismos libros: era el momento de Bukowski y por ahí de paso de Efraím Medina Reyes, que se vendía como nuestro escritor irreverente y degenerado.
Hojeé sus libros, pero me pudo el tedio. Aunque no sé por qué una frase se me quedó en la cabeza por años: «uno se mete a escribir porque no tiene el modo de escupir de Clint Eastwood». En su momento me gustaba, y aunque no había visto películas de Clint, me lo imaginaba con su sombrero y su cara dura como las rocas del desierto, su cara torciéndose solo lo necesario para dejar salir el escupitajo de macho que fecunda el mundo (el desierto, maldita sea), mientras todo alrededor es quietud y polvo.
¿Qué me evocaba esa imagen? Ni puta idea. Quizá el gesto de macho cínico que iba muy bien con los años dos mil. Leo todo el párrafo del libro donde está la frase y me doy cuenta por dónde iba la cosa:
Uno se mete a escribir porque no sabe boxear ni tiene agallas […], porque ama a una mujer y ella es la novia del chico listo de la cuadra, porque no hay suficientes revistas pornográficas, porque quiere hacer algo más que cagar y masturbarse, porque no es el chico listo de la cuadra ni el chico fuerte ni el gracioso, porque es el chico nada, porque vale tres tiras de verga, porque afuera lo cascan, […] porque no quiere la esposa fea que merece, porque tiene miedo de morir sin haber probado un bello culito, porque no tiene padre, amigos o fortuna, porque no tiene el modo de escupir de Clint Eastwood. (En: Érase una vez el amor pero tuve que matarlo)
Pero si nunca había visto a Clint Eastwood escupir, entonces la imagen que tenía solo había salido del texto, quizá fantaseándola a partir de otras imágenes de cowboys.
La imagen, en fin, no importaba, sino que importaba la idea que quedaba: la autoconmiseración del artista que es una persona «frustrada e incapaz» para la vida, un «perdedor» que se pone a hacer una labor para perdedores. Y en ese movimiento, muy a la colombiana con Medina Reyes, pasan una cantidad de cosas: se reafirma un autodesprecio, se reproduce (aunque en negativo) esa ética de chicos perdedores y chicos populares de las películas gringas, del mundo entendido como un gran colegio de grupitos sectarios, se expone también un antiintelectualismo al existir un desprecio tanto por la vida como por la escritura, y me refiero a que en el aire queda flotando una idea: cancelar toda posible potencia de la escritura.
Lo encantador de todo este asunto, es que fui perdiendo con el paso de los años esa visión de mundo y de la escritura, pero me quedó esa frase y esa imagen en la cabeza, como en silencio, como entre sombras.
Ahora que me importa más el cine que la literatura, busco la imagen de Clint para mirarla por un buen rato. Incluso encuentro una recopilación de sus escenas de escupitajos en YouTube y me quedo viendo en loop este gran gesto de macho y no entiendo realmente porqué me daba tanta fascinación esa imagen que se quedó en el fondo de mi cabeza, guardada como el resto de un ya lejano mundo.
Así que en vez de darle vueltas a los estereotipos de macho, y al western y sus hombres rudos y fecundadores, y a esos extraños restos que quedan en mi cabeza de sus imágenes proyectadas, más bien hago otro ejercicio: tomo la foto de Clint, y a su mirada le opongo otra mirada que vi hace unos días y que no me he podido sacar de la cabeza: la de Orson Welles en F for fake.
Y entonces, se empieza a romper el silencio de esa vieja imagen muda de mi cabeza y surgen otras cosas que habría que tratar de decir.


II
Ahora lo que tienen ante ustedes son unos ojos y una cara que hasta podría ser más ruda que la de Clint. Es un hombre blanco grande y fuerte y además brillante, aunque los engañen esas florecitas amarillas que ha interpuesto en el plano. Pero no tenemos esa mirada vaciada de Clint, esa mirada que cierra los ojos por la arena del desierto, pero yo diría que es por otra cosa: no es solo el macho alfa que endurece su rostro y oculta su mirada, es el cínico que cierra los ojos en busca precisamente de la nada. Nadar en la nada. Cabalgar en la nadería.
En cambio, si se fijan bien, Welles siempre abre sus ojos lo más que puede y nos mira directo a los ojos. Un puro, que quizá es el mismo puro de Clint (un puro hollywoodense) está suspendido no como fálico objeto que hace juego con el preñador escupitajo-semen del vaquero, sino que está suspendido para hacer eco de la etimología misma de la palabra: es el suspense. Pero no es el suspense de Hitchcock (que también sostiene puros), es decir, no es un suspense serio sino un suspense burletero. Pero tampoco es el puro de Groucho Marx y su comedia física y sus juegos de palabras, la burla no va por ahí.
La de Welles es la burla que me interesa: se está burlando de las imágenes, se está burlando de los relatos y de la representación. Es el suspense de quien está diciendo una estupidez y la está haciendo pasar por seria y la gente le está prestando atención esperando que revele algo importante, y de pronto nos damos cuenta que era jodiendo y nos decepcionamos o peor aún nos sentimos burlados, pero luego de aceptar que solo estaba jodiendo, nos damos cuenta de que no, de que sí nos estaba diciendo algo más. Nos estaba diciendo que a las imágenes no hay que creerles, pero sí hay que tomarlas en serio.
Entonces me imagino algo más para mí, para jugar ya no con las imágenes que existen en su materialidad y que aquí he reproducido, sino con las imágenes de mi cabeza: si Orson se está burlando de lo que hacen las imágenes (al mismo tiempo que las usa) y de los mitos idiotas que crean, entonces si está ahí con su sombrerito y su puro es porque se está burlando directamente de Clint Eastwood, y no me refiero solo a Clint Eastwood, sino a todo lo que hay a su alrededor, al desierto del mito, al desierto y al mito, o más bien, al desierto de imaginación que crean estos mitos de machos blancos que se le quedan a uno empozados en la memoria por años y años.
Habría que olvidar a Clint Eastwood escupiendo y más bien guardar en nuestra cabeza la mirada burletera de Welles.
Si uno se mete a escribir es para tener la mirada de Orson Welles.




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