Hay un tipo de imagen del cine colombiano en la que pienso mucho: escenas de largos y enormes paisajes, cordilleras, ciudades, ríos o cañones, desde un lugar imposible para el humano. Ese tipo de imagen que seguro vieron tantos militares en helicóptero, es decir, un lugar más cercano quel de los vuelos comerciales, con una definición distinta, es decir, una escala distinta: una cadena montañosa que se dibuja lentamente mientras suenan carros que pasan, pólvora de diciembre, algún perro. Imagino la lenta formación de un paisaje, pero el paisaje es sobre todo la formación de fuerzas en la pantalla (una formación que excede la representación de territorio físico).

Fotograma de Pirotecnia (2019)
No sé qué tanto de esto lo he especulado y qué tanto corresponde realmente al cine que he visto. Sé que hay un libro por ahí sobre el paisaje en el cine colombiano, lo que me hace pensar en la función de reconocimiento territorial que ha cumplido siempre el registro de los paisajes, una dimensión sociológica y, al mismo tiempo, imaginaria: hacer visible el territorio. En la película Pirotecnia (2019), el “narrador” menciona el “cinematógrafo explicado”, de Rafael Reyes, una publicación con la que este expresidente quiso registrar (y ofrecer al mejor postor) los recursos naturales y culturales del país.
La relación entre territorio y “emprendedurismo” estatal es tan vieja que sorprende la confianza con que mucha gente que ha pasado por la “Colombia profunda” afirma que lo que falta en aquellos parajes es presencia del Estado. Qué cruel destino.
Y esta función de reconocimiento empresarial —que no industrial solamente— por parte del Estado me hace pensar una y otra vez en ese otro paisaje conceptual de las costumbres nacionales: el costumbrismo, que muchas es veces es fondo en el cine colombiano. Y a su vez, en cómo el cine es usado para hacer parcelaciones. El cine nacionalista necesita hacer su propio POT, para repartirse y generar el espacio sobre el cual reclamará soberanía, instaurará su Estado y, por tanto, el Negocio.
Yo, en cambio, ahora pienso en cómo los paisajes pueden desbordar continuamente dichos planes de ordenamiento.

Fotograma de Memorias del calavero (2014)
Ahora recuerdo la escena del cañón del Chicamocha, en Memorias del Calavero (2014). Recordarla, casi como formar o traer una imagen desde un tiempo raro, ajeno ya, se siente muy juerte en este momento. Siento una profunda tristeza (que no se mezcla con nostalgia ni con lamento) que brota inevitable en las luchas mismas que todo territorio presupone, quizá del inevitable dolor que experimentan estos en sus constantes procesos de formación y reformación.
Reconozco una tristeza o un dolor que tiene una escala inhumana, que no tiene que ver con la anécdota detrás de Memorias del Calavero, pues ni siquiera recuerdo los hechos finales del argumento. Por eso, no basta con decir que este tipo de imágenes “son muy tristes” o que es “una historia muy triste” (y por tanto decir “qué triste es ser colombiano”), no basta esto para cerrar el chuzo y dormir tranquilo.
El texto mismo (como una imagen) es la formación de una superficie que delimita y expresa el paisaje, las fuerzas que están ahí abajo, rompiendo la palabra tristeza para convertirla en un ensamblaje de fórmulas que es el texto mismo, una especie de límite sin el cual no es posible ni el territorio ni el cosmos. Lezama Lima cree que la imagen es, más que representación, la aparición del misterio, una irrupción en un continuo natural, digamos. Por eso mismo, las imágenes y los textos son herramientas para conocer y tratar con lo sobrenatural.
La imagen surge, para el poeta nacido y muerto en el sueño de una isla, entre aquello visto y aquello que permanece invisible en la oscuridad. Hasta cierto punto, el paisaje abre un campo de visibilidad, un campo de visibilidad amplio, pues no atañe al cerebro, ya que cada parte de mi cuerpo posee la facultad de pensar, de imaginar, discernir y crear, como dice Churata.
La tristeza que siento al recordar (mal) estas imágenes es una cosa que excede y acoge al territorio y me sirve para confirmar que la mayoría de afectos que me atraviesan son realmente impersonales. Vibran, ocultas entre las sombras y la luz que riega las montañas y los ríos, un dolor y una tristeza cósmicas que poseen un llamado monstruoso: ese llamado conforma las imágenes y los sueños que estas componen. Y yo, que venía a hablar de unas imágenes que, para mí, encierran el sueño de todo cine latinoamericano, me quedo penando, sufriendo de tener cédula.
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[La siguiente entrada hará paisaje de las propuestas de Masao Adachi. Les esperamos].
Filmografía
Mendoza, Rubén. (2014). Memorias del calavero. Colombia. 93 min.
Atehortúa Arteaga, Federico. (2019). Pirotecnia. Colombia. 83 min.
Bibliografía
Churata, Gamaliel. (2012). El pez de oro. Edicioines Cátedra
Lezama Lima, José. (2016). La cantidad hechizada. Editorial Confluencias.




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