Se dice que El espíritu de la colmena (1973) trata de la mirada infantil. Y no; este es solo el inicio. Ana, la niña protagonista, encarna una sensibilidad y curiosidad que animan el mundo, que lo pueblan de imágenes, sin duda, pero detrás no hay una mirada original, o la inocencia de la infancia, sino unas luchas que sobrepasan este marco inicial y arrancan con su distancia respecto de la “colmena”.
Ana se aísla de la vida comunitaria, posibilita derivas y encuentra gente radicalmente distinta a ella y a su comunidad (el makis, el espíritu-Frankenstein, la muerte). Ana comienza a recorrer los territorios entre la vida y sus fronteras: muerte, sueños, ficción. Esta no es la historia de una artista ni de su formación; la película va más allá de la idealización de un genio individual. La sensibilidad y curiosidad no son elementos exclusivamente artísticos, son espacios que convocan al pueblo a nuevas organizaciones, al igual que esta película.

Fotograma de El espíritu de la colmena (1973)
Esta relación problemática entre la individualidad de Ana y la “colmena” no puede pensarse sin el tiempo y el espacio ambiguo que se logra en la película. Erice “borra” los lazos que dan a lxs espectadores una idea clara de la temporalidad y espacialidad de los eventos. Jaime Pena analiza esto en detalle: la falta de establishing shots, de transiciones entre los espacios y eventos (ya sea con secuencias intermedias que sirven de puente o de planos maestros que ubiquen, en un mismo cuadro, cómo se relacionan los personajes de la película) es una decisión estética que aisla a los personajes en sus propios cuadros, así como hacen las continuas y muchas veces sutiles elipsis entre eventos.
Quizá uno de los detalles más importantes tiene que ver con la eliminación de lo que iba a ser la secuencia inicial de la película: un pueblo en ruinas por la guerra civil española. La película no quiere abstraerse del contexto histórico por completo. La decisión final es escribir: “Un lugar de la meseta castellana hacia 1940…”. Esta manera de establecer el tiempo y lugar del relato, remite sin duda a la tradición literaria, al Quijote. Establece, dice Carmen Arocena, un pacto claro: “la lucha entre lo que se cree y lo que constituye la realidad” (p. 86). Por este motivo, me interesa indagar el modo en que opera la película respecto a su dimensión “mítica” o, mejor, cósmica.

Fotograma de El espíritu de la colmena (1973)
En primer lugar, la película posee un tiempo suspendido, en el que el contexto histórico está presente como una especie de campo de fuerzas sobre el que los personajes emergen y se movilizan. Este campo de inmanencia del filme toma la guerra civil (como hecho histórico) para construir un espacio (históricamente autónomo) sobre el que ciertas imágenes y cuerpos aparecen y se encuentran. No hay síntesis, sino sustrato, un suelo sobre el que la aparición de diversas formas de vida es posible. El espíritu de la colmena expresa aquellas fuerzas que toda guerra tiene, que trascienden al contexto sociohistórico que las determinan. Por esto, la película no es un mero comentario a la postguerra. Fernando Savater se anima a ir un poco más lejos: dice que la película es un “decidido alegato contra el fascismo”. Quiero dar un paso más: es un alegato contra las fuerzas que reprimen y ofenden la vida.
Este tiempo indeterminado, la constitución a partir de la Guerra Civil española de un campo de inmanencia para la película, y el gesto fantástico o literario que pacta con nosotrxs, nos acercan a lo que la película produce. Crea las condiciones para la aparición de ciertos espíritus, para que la relación entre imágenes del mundo y el mundo mismo se diluya. En esta particular manera de sobrenaturaleza (de nuevo Lezama), canalizada por Ana y sus ensoñaciones con el espíritu, reposa el misterio y el poder de la película.
Nos pregunta: ¿en qué condiciones es posible algo como un mito?, ¿en qué condiciones la ficción irrumpe en lo real y genera un nuevo estrato? Estas condiciones, aclaro, son para mí aquellas que permiten la guerra, es decir el horror y la imaginación. Veo a la obra como a un mínimo tratado sobre la guerra y la imaginación, como a un sueño. Por esto, la muerte sirve como catalizador y conducto. La muerte, su posibilidad y cercanía, es el detonante de los eventos y las preguntas de Ana, que convoca las imágenes del espíritu que, desde la película sobre Frankenstein, hasta el encuentro con el maquis, se encarnan y hechizan su mundo.


Fotograma de El espíritu de la colmena (1973)
Un amigo (el añejito) siempre me ha dicho que una “muerte política” no es solamente política. Es como si quisiera decirme que todo asesinato político nunca podrá ser del todo resuelto en el orden legal, que quizá hay que inventarse un terreno nuevo, uno sobrenatural, sobre el cual esta apertura pueda finalmente sellarse, pues le corresponde un misterio apenas sospechado (por eso el asesinato del maquis es su suceso fundamental). Esta muerte tensiona lo particular y lo colectivo, la experiencia “universalizada” y la experiencia íntima. Entonces, ¿qué hay en la película que puede superar, acertadamente, la lectura contextual que la convierte en una “crítica al franquismo”, etc.? ¿Qué dimensión mítica o, mejor, cósmica tiene toda muerte violenta, toda asesinato político?
En segundo lugar, y volviendo a la pregunta por esta dimensión cósmica del filme, pregunto: ¿qué puertas abre la aparición del espíritu ante Ana? Forma el mundo sobrenatural que enuncié recién. En la tradición quijotesca diríamos que esta aparición del espíritu es similar a la configuración del baciyelmo1; implican la coexistencia de la ficción y la realidad en un mismo cuerpo o espacio, un gris ch’ixi, como el de Rivera Cusicanqui.
La película, al hacernos partícipes de los múltiples encuentros entre el espíritu y Ana, también señala la germinación de una capa de complejidad en la estéril vida de la “colmena”. Tanto Fernando como Teresa, padre y madre de Ana, así como la apariencia de los paisajes exteriores y la oscuridad de la casona, evidencian el tipo de vida posible en medio de la guerra. Fernando escribe un análisis sobre su colmena (en realidad una cita de Maeterlink y su La vida de las abejas): “alguien que miraba esas cosas, una vez pasado el asombro, no tardó en apartar la vista en la que se leía no sé qué triste espanto”. Teresa, escribiendo una carta, se lamenta: “Pero, a veces, cuando miro a mi alrededor y descubro tantas ausencias, tantas cosas destruidas y, al mismo tiempo, tanta tristeza, algo me dice que, quizás con ellas, se fue nuestra capacidad para sentir de verdad la vida”.

Fotograma de El espíritu de la colmena (1973)
La vida de estos dos personajes, que miran su pasado y su presente con espanto o nostalgia, parecen vidas acabadas, alienadas o abúlicas (caldo de fermento para los fascismos de siempre). Ana, una niña, es decir, un cuerpo con escasa experiencia, con una individualidad más “porosa”, mira con asombro y curiosidad su presente, así sea horroroso: no huye. Creo, pues, que el personaje de Ana no debe usarse o reducirse a la romantización de la visión ingenua o inocente de la infancia. Me da un poco de asco la continua romantización de la infantilidad inventada por la Modernidad. En el campo de fuerzas (y no de símbolos) que es la película, Ana configura aquello que parece necesitar una persona para vivir “en medio de los horrores de la guerra”: vencer la muerte. Esto es lo mítico o cósmico del filme, lo más vivo.
Cuando hablo de “vencer la muerte” me refiero a eso que Lezama llama el ser para la resurrección, aquel que se alza de entre la muerte: “todo poeta, sin embargo, crea la resurrección, entona ante la muerte un hurra victorioso. Y si alguno piensa que exagero, quedará preso de los desastres, del demonio y de los círculos infernales”. Para hacerlo hay que atravesar las intensidades del veneno, del sueño oscuro, del dolor, quizá moradas de la muerte. El elemento órfico o místico de esta historia tiene como protagonista a Ana y su reflejo perverso en Isabel y la muerte (en vida) de Teresa y Fernando.

Fotograma de El espíritu de la colmena (1973)
Queda preguntarse por dos cosas: ¿qué emerge, luego, con la Ana “resucitada”?, ¿cuál es, cómo opera, cómo se moviliza el “espíritu de la colmena”? Estas preguntas ya no tienen que ver con la individualidad de Ana o la institución familiar, sino, precisamente, con eso que desde un inicio señalé: la colectividad por constituirse. En definitiva: ¿qué muertos surgen con el espíritu, mueren con el maquis, sueñan con Ana?, ¿qué pueblo adviene o cuál ese ese “pueblo que falta”, como dice Jaime Pena (p. 44)?
El cine cumple una función especial, aquella que Hofmannsthal veía ya a inicios de siglo: la superación del número y el encuentro con la visión. Dispositivo y rito, el cine permite abrir la experiencia simplificada, programática y estéril. Ana surge de dos dimensiones independientes, pero enriquecidas por su encuentro: el sueño y la vigilia. Justo como un Quijote, Ana cataliza la interacción que se resolverá en la evidencia de que es posible un mundo que mezcla ambas dimensiones, vibrante por las imágenes de Erice.

Fotograma de El espíritu de la colmena (1973)
El llamado ritual de Ana, al final, constata la existencia de un mundo distinto convocado en medio de la oscuridad de la noche: “Soy Ana. Soy Ana”, como diciendo “sé que estás ahí, ven a mi encuentro”, llamando a un dios en las penumbras. La oscuridad de la noche y la oscuridad de la sala de cine siempre han sido puestas una al lado de otra; su cercanía hechizada genera una serie de relaciones e ideas, de movimientos e imágenes apropiadas para hablar de obras como El espíritu de la colmena: sueño, visión, noche y penumbra, espectralidad, sobrenaturaleza, misterio, rito y mito.
Notas
- El término baciyelmo aparece cuando Don Quijote confunde la bacía de barbero —un recipiente metálico usado para recoger el agua del afeitado— con el mítico yelmo de Mambrino. La palabra, un neologismo humorístico creado por Cervantes, fusiona bacía y yelmo para nombrar ese objeto híbrido que solo la imaginación del hidalgo puede convertir en armadura heroica. El baciyelmo se ha vuelto un símbolo de la novela: encarna la tensión entre realidad y fantasía, y muestra cómo Don Quijote reinterpreta el mundo para ajustarlo a su ideal caballeresco. ↩︎
Referencias
Arocena, Carmen. (1996). Víctor Erice. Ediciones Cátedra.
Erice, Víctor y Fernández Santos, Agustín (1976). El espíritu de la colmena. Elías Querejeta Ediciones.
Lezama Lima, José. En una entrevista con Tomás Eloy Martínez. Recuperada de: https://artespoeticas.librodenotas.com/artes/1544/conversaciones-con-jose-lezama-lima
Pena, Jaime. (2004). Víctor Erice: El espíritu de la colmena. Paidós.
Rivera Cusicanqui, Silvia. (2015). Sociología de la imagen. Miradas ch’ixi desde la historia andina. Tinta Limón.
von Hoffmansthal, Hugo. (2024). El sustituto para los sueños. En: https://nehhh.blog/2023/12/20/el-sustituto-para-los-suenos/




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