Este texto se produjo en el Laboratorio de Escritura sobre Cine Documental, coordinado por Valentina Giraldo Sánchez y Pedro Adrián Zuluaga, en el marco de la 28 MIDBO, y que tuvo como eje central el concepto de reconstrucción. El León hace parte del programa de cortos colombianos Pasaje entre mundos: duelo y memoria de la 28 MIDBO.
Un bel morir en El León
Por Valeria Castillo Castillo*
Hay quienes creen que con la muerte llega el fin de la existencia —al menos en un plano físico esto se cumple—, pero ¿qué sucede con la existencia en un plano simbólico? ¿Cómo transforma la ausencia nuestra experiencia de habitar los espacios y de experimentar la vida cotidiana?
El León (2026), cortometraje dirigido por Diana Bustamante, es una máquina del tiempo que nos lleva a revivir los años ochenta y noventa dentro del auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional de Colombia. A partir de contrastes que se evidencian tanto en las imágenes como en el sonido, el auditorio se configura como un espacio que le pertenece tanto a la vida como a la muerte.

Imagen 1. Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional. Fotograma de El león (2026)
Las sillas vacías del auditorio que se mezclan con la ausencia inicial del sonido muestran un lugar aparentemente olvidado. Este no-sonido pronto se convierte en un sonido distorsionado de la grabación del concierto de un tenor y antecede una escena impactante: la presencia de un profesor asesinado cuyo cuerpo está cubierto por una sábana blanca manchada de sangre. La muerte ha entrado a la universidad y con su llegada profana este espacio destinado a fines artísticos, académicos e institucionales. El archivo nos lleva indudablemente a preguntarnos por la historia, pero sobre todo por la memoria: ¿es esta una de las tantas historias olvidadas de la sociedad colombiana?
Cesó el silencio, pero no las horribles noches…
Con la presencia de la muerte y del archivo, el silencio ha desaparecido. Ante nosotros surgen las voces que lo gritan todo, que denuncian la violencia y que se ofrecen como un vestigio latente de un pasado que arrebató los sueños juveniles. La voz en off del poeta León de Greiff leyendo su poema Ínsula nos sitúa en un viaje trágico en el que la sombra de la muerte habita en los dolores de la mente:
sombra aciaga de atuendo fatal
—exhumada de cúya espelunca?—,
gris fantasma lucífugo y vago
por el fondo angoroso, tenébreo,
que sacude hosco viento abisal.
La muerte da paso a la polifonía. Las voces enérgicas y llenas de vida de los estudiantes gritan al unísono aquella consigna que ha marcado la mayoría de los movimientos estudiantiles: “Por nuestros muertos ni un minuto de silencio, toda una vida de combate”.
Alberto Alava, Eduardo Umaña y Jesús Alberto Bejarano son los nombres de los tres cuerpos que aparecen siendo velados al interior del auditorio. Sus cuerpos yacentes son testimonios visibles de la violencia arraigada en nuestra cultura: dolorosa, desgarradora, incesante. La muerte que interrumpe, incomoda y desafía, reclama protocolos distintos. No estamos viendo unos velorios tradicionales en los que las oraciones y las palabras de consuelo son las únicas posibles ante el luto. Entre flores, pancartas y banderas alusivas a grupos armados de izquierda (ELN) y la lectura del poema Canción de Sergio Stepansky, la muerte se manifiesta como un espectáculo vivo que posee una lógica diferente, totalmente disruptiva.
Los archivos traen al presente unos velorios que formaron parte de la memoria colectiva de los estudiantes, pero que quizás se escapan fácilmente de las narrativas tradicionales asociadas al deber ser y a la forma “correcta” de habitar la universidad.

Imagen 2. Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional. Fotograma de El león (2026)
El león ruge con fuerza.
A través de sus voces, el tenor y los estudiantes dejan claro que están presentes, que ese espacio ha sido su lugar y que podrá seguir resignificándose aunque el tiempo pase. Como espectadores, viajeros y testigos, El León nos invita a repensar esos imaginarios instaurados de una cotidianidad que no solo se construía entre clases y libros académicos. Esa realidad reconstruida es la huella del «bel morir» con la que Greiff termina su poema.
Y en el recodo de todo camino
la vida me depare un bel morir:
despéineme un balazo del pecho el vello fino,
destrice un tajo acerbo mi sien osada y frágil:
—de mi cansancio el terco ir y venir:
la fábrica de ensueños —tesoro de Aladino—,
mi vida turbia y tarda, mi ilusión tensa y ágil…—
(un bel morir, un bel morir, un bel morir!)
La muerte ya no es un motivo de terror, es una experiencia estética y un acto de voluntad que se realiza de forma drástica, casi teatral. Asistimos al espectáculo de la muerte para darnos cuenta de nuestra propia fragilidad, de la necesidad humana de dotar de sentidos nuestra propia vida. La muerte es entonces el cierre definitivo a una existencia errante, creativa y fatigada. Como un golpe poético y violento, el fin de la existencia se presenta para constatar un principio: morir es la única forma digna para un vida gobernada por el ebrio azar.
El cortometraje resignifica las narrativas, el espacio y la muerte misma. El León, aunque actualmente parece ajeno a estos hechos, ahora busca rugir de otras formas sin olvidar su historia.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta siempre
—¿Hasta dónde?
—Hasta la victoria, y si es preciso, hasta la muerte vida
Sobre El León (2026)
“A vos, muerte hijueputa”
Por Samuel López Gómez**
Con esas palabras le atinaba Gilmer Mesa un putazo contundente al relativo silencio del auditorio, durante la presentación que Alcolirykoz hiciera de Aranjuez en el Carlos Vieco, en 2021. A lo largo de la obra de Gilmer, aparece una inquietud recurrente por recorrer las hebras del pasado, regresar a sus heridas, revisitar los traumas con la perspectiva que otorga el tiempo y con la rabia que despierta, una insistencia en no cederle a la muerte que se inventaron el privilegio de ser la única respuesta.
“Revivir” es traer algo que estaba muerto de nuevo a la vida, cosa aparentemente imposible: que se encarnen los espectros que habitaron y habitan los lugares, sus recuerdos. Se dice que traer una experiencia a la memoria es revivirla, reconstruirla en las gramáticas esquivas de la remembranza como en un intento de invocar sensateces a partir de un ritual de fragmentos dispersos. Como un edificio sostenido de ausencias.
En El León (Diana Bustamante, 2026), a mi entender, hay una apuesta por abordar este tema. A lo largo de su itinerario, el montaje reconstruye silencios y reanima imágenes punzantes, vetadas por el oficialismo, al tiempo que se replantea, por medio del rompecabezas de la pantalla y los altavoces, los modos que tiene de mostrarlas y enunciarlas. Dichas imágenes reclaman la contundencia de su experiencia: su propósito pareciera ser el confrontar abiertamente con la herida, como si fueran la antítesis de un presidente caminando con indolencia entre cadáveres.
A propósito del oficialismo y del cortometraje, la dirección del Instituto Caro y Cuervo no ha hecho pública, a estas alturas, ninguna apreciación sobre León de Greiff. Creo que esa dirección se vería considerablemente escandalizada por las actitudes que se asocian al poeta, por su vida de Sergio Stepansky. Al paso que camina (o trastabilla) el Caro y Cuervo, terminará por editarse un “Manual de buenas conductas para las palabras”, como un diccionario de lo que debe decirse y de lo que no y de cómo debe decirse. Anoto aquí una invitación formal a que lo hagan. Desafortunadamente para esas personas, los poemas de León de Greiff no caben en un diccionario. ¿Qué tal reunir las palabras que el oficialismo no entiende y apropiarse de otras, definirlas y asociarlas distintamente? Desafiar la orden de silencio, ser palabrosxs, elaborar metódicas desconfianzas y saciedades semánticas; hacer un
Popular diccionario de las palabras profanas, ilícitas y silenciadas
Debajo de una palabra o alrededor suyo aguarda una constelación de definiciones y relacionamientos: unos oficiales y otros, muchos, que no lo son, que rehúyen a la regla, que no se explicitan en las páginas. Las palabras tienen filos dobles, triples, múltiples; acomodarlas en un diccionario es como decidir por qué lado cortan.
Este diccionario se parecería a un baúl en el que guardaríamos definiciones ambiguas y cinestésicas como objetos valiosos y significativos, versos y espadas clandestinas, igual que aquella que le entregara Jaime Bateman a mediados de los 70 a León de Greiff.
M-19
“La palabra «M-19» no está en el Diccionario.”
Acrónimo para “Movimiento 19 de Abril”. Apenas un año después de su nacimiento, el grupo se adjudicó el robo de la espada de Simón Bolívar. Tiempo después, Bateman le encomendó la custodia del objeto a de Greiff.
¿En qué sitio resguardaría un poeta semejante encarte? Hoy solo quedan hipótesis: dicen que pudo haber sido en una bañera que no utilizaba o en un baúl que encontraron en el sótano de su casa del barrio Santa Fe, cuando la derrumbaron para construir un parqueadero.
Una de las características del baúl es su vocación de hermetismo. A este hermetismo se le pueden confiar todas esas cosas que se desee ocultar, algo que se pretende mantener en secreto, fuera de la vista. Al fondo de un baúl, como al fondo de una cueva, podría alguien arrojar viejos archivos de video de una cadena televisiva, testimonios del horror, poemas prohibidos o proclamas revolucionarias para que los hongos y el olvido se ocupen de ellas. Es probable que este sea el caso de las imágenes que Diana Bustamante recupera en su cortometraje.
Junto a la espada, de Greiff enclosetó sus aspiraciones políticas, su tenor de militante. Si asumimos que con el encargo del sable le quedó un asunto pendiente, también nos podríamos preguntar: ¿a dónde le fue a parar el fantasma? Murió en 1976. Dos años antes, se bautizaba con su nombre el auditorio central de la Universidad Nacional, en Bogotá. Quizás en el nombre perviva él mismo como un aparecido. Quizás por el auditorio aún ronde y aún cante sus poesías.
El-LeóN
De “León” (“1. m. y f. Gran mamífero carnívoro félido africano, de pelaje amarillo rojizo, con la cabeza grande, los dientes y las uñas muy fuertes, la cola larga y terminada en un fleco de cerdas, y cuyo macho se distingue por una larga melena.”)
Las siglas del ELN están contenidas discretamente en el nombre de El LeóN, como un espectador camuflado entre el público silencioso que de pronto salta, encapuchado, al escenario. En una simetría desinteresada del destino, del mismo modo en que el poeta acompasaba sus versos a los ritmos de la revolución, el auditorio León de Greiff ha recibido dentro a sus muertos, sus grupos y sus cantares. Ha fungido como el simbólico vientre de una bestia: la violencia. Ha tenido que actuar de auditorio y velatorio.
Auditovelatorio
De “Auditorio” (“1. m. Sala destinada a conciertos, recitales, conferencias, coloquios, lecturas públicas, etc.”) y “Velatorio” (“2. m. En hospitales, sanatorios, clínicas, tanatorios, etc., lugar donde se vela un difunto.”)
Un auditorio no es un lugar en que se tenga la costumbre de velar a un muerto.
En un velorio es habitual repetir ciertas oraciones memorizadas en voz alta, como en un coro de protesta gritar las consabidas arengas y consignas; similarmente, un poeta memoriza y declama los versos que ha compuesto frente a un público. La diferencia es que el primero de estos casos transcurre en medio de la más recatada sumisión, mientras que el segundo y el tercero desafían el silencio, causan una impresión parecida a la de un león de piedra que se despertara en las escalas de Odessa, en una película de Sergei Eisenstein.
Como al fondo de un baúl, en lo más hondo de un auditorio (no de su configuración física, sino la de su memoria, es decir a la hagiografía de sus espantos) pueden ir a parar banderas del M-19 y del ELN, dos o tres encapuchados, una mesa verde de ping-pong, un montón de flores, un ataúd, un sudario ensangrentado y el cuerpo sin vida de Alberto Álava. Tal efervescencia contraviene su acostumbrado silencio.

Imagen 3. Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional. Fotograma de El león (2026).
Ni-un-minuto-de-silencio
“La palabra «Ni-un-minuto-de-silencio» no está en el Diccionario.”
En verdad, es toda una oración. Hace parte de una arenga que dice:
Por nuestros muertos:
ni un minuto de silencio,
toda una vida de combate.
El día en que mataron a Alberto Álava, mientras los presentes gritaban esta frase, alguien grabó su cuerpo dispuesto sobre la tarima del León. Esa imagen pasó a resguardo, bajo la llave del olvido.
Cuando están guardadas, cuando son ignoradas, las imágenes permanecen quietas, inertes y dóciles. Necesitan de alguien más que las vea para reclamar su importancia. Son como un rugido, como una bomba de tiempo instalada hace no-sé-cuántos años por alguien que desconocía su destino de anarquista. En el momento en que son reactivadas, estas imágenes estallan de significado, quizás con más fuerza en la medida en que antes fueran más acalladas.
Podría pensarse en el archivo como en pura energía almacenada. Esa potencia revienta en las vocales que de Greiff recita (“¡Un bel morir!”); revienta en la digna rabia de quienes se congregan a corear en el auditorio; y cuando ya no tiene más en lo qué reventar, cuando las palabras no le sirven, revienta los parlantes, cortocircuita los circuitos y se vuelve puro ruido, ruido, ruido, como esas muertes.
Matar
“3. a. tr. Hacer que algo deje de estar presente.”
La muerte es por sí sola el complemento necesario de la vida, a cada segundo su renovación, el tiempo colapsando y reconstruyéndose en bellas y sensibles impermanencias. Pero es también verbo y ese verbo puede convertirse en dolorosa mercancía: palabra de unos en cuerpos de otrxs. ¿A quiénes habría que arrebatársela para que deje de ser la muerte que se inventaron? “Matar” es para muchos una palabra prohibida y sin embargo clandestinamente frecuentada. “Matar” se vuelve de mal gusto solo cuando está en la puerta de la casa.
Si usted tiene la oportunidad de cruzar la entrada del León, al ingresar salude al fantasma, su legado de desobediencias, su poema de futuro, su premonición de lo colectivo. Pare y escuche… que no hay en el mundo el silencio que tanto reclaman: es mentira. ¿Cuántas voces acalladas patrocinan la mudez de las felices y tontas estatuas? ¿Con qué violenta alquimia han conseguido transmutar tantas vidas en verdades inamovibles y metálicos souvenirs? ¿Con cuántas capas de monocromía lúgubre pretenden encubrir los grafitis de la memoria?
¡Basta de opacidades! ¡Basta el balazo hórrido, del calígene caos murciélago! Si ayer Eduardo Umaña, si Jesús Antonio Bejarano, si Alberto Álava.
Se alzan voces, se abren del León las puertafauces: ya en la asamblea, la arenga al viento abisal conjurando.
Aún camina este cuerpo gritando: “¡El que no salte es tombo!”; aún anda Ebrio en-torno —falena piróvaga—, ni fantasma lucífugo y vago, ni Más lontano que nunca. ¡Jamás!
Menos Leteos y más canelazos: recuerdo exhumado de cuya espelunca?, invoque clamor que el espíritu incendie
y “¡Carajo, respeta!” le diga a la muerte.

Imagen 4. Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional. Fotograma de El león (2026).
* Valeria Castillo Castillo. Lingüista y profesional en Estudios Literarios, con formación y experiencia en investigación, docencia y gestión editorial. Mi trabajo y exploraciones creativas se vinculan con la literatura, la escritura y las narrativas audiovisuales, desde las que me aproximo a las distintas formas de representar e interpretar el mundo.
** Samuel Gómez López. Estudiante de cine y televisión de la Universidad Nacional, hace parte del equipo de la revista Tropóptico, editada en el marco del festival Equinoxio. Envigadeño místico. Escruta pantallas y miradas en busca de otros mundos y sentires. Escribe indisciplinadamente sobre cine y otros atraviesos.



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