Sobre ¿Las estatuas también mueren? (2026), de Thais Fernandes
Este texto se produjo en el Laboratorio de Escritura sobre Cine Documental, coordinado por Valentina Giraldo Sánchez y Pedro Adrián Zuluaga, en el marco de la 28 MIDBO, y que tuvo como eje central el concepto de reconstrucción. ¿Las estatuas también mueren? hace parte del programa Esta tierra canta premoniciones del Panorama internacional de cortometraje documental.
1. Un parque en Europa del este
La cineasta brasileña Thais Fernandes visita un extraño parque que está lleno de presencias mudas de metal y piedra que fueron reunidas allí para recordar. Esos rostros son los restos de un antiguo mundo que ya no existe. Significan muchas cosas y lo que dicen varía según las generaciones y los ojos que las miren. De hecho, a pesar de su estatismo, siempre son cambiantes. A algunos no les dicen nada, a otros les hablan de opresión y de utopías extintas.
Para explorar la extrañeza y la transposición de tiempos que este lugar carga, Fernandes no se limita a registrar el espacio, las estatuas y los visitantes, sino que agrega un dispositivo muy sencillo, pero potente: les da micrófonos y cámaras a algunos niños para que sean ellos quienes transiten con sus cuerpos y sus voces por los resquicios de la historia de la vieja Europa del este. ¿Qué les dicen los monumentos a los niños?
A las afueras de Budapest está el Parque Memento, abierto en 1993. Está compuesto por los antiguos monumentos soviéticos retirados desde 1989 cuando el país dejó de ser un estado socialista alineado con la URSS. En toda Hungría se dio una retirada institucional y ordenada de estas piezas y no una ola masiva de iconoclasia popular como en otros lugares.

Imagen 1. Las botas de Stalin. Monumento de 20 toneladas que al no poder derribarse de su pedestal fue cortado a la altura de las rodillas en 1956. Fotograma de ¿Las estatuas también mueren? de Thais Fernandes.
La URSS y muchos otros países de Europa del este estaban llenos de estos monumentos que enaltecían los valores del nuevo mundo soviético. La fiebre por los monumentos empezó con un decreto de Lenin de 1918 para erigir las imágenes de este nuevo mundo y dejar atrás las del régimen zarista. Como consecuencia, se creó todo un sistema burocrático para decidir qué cuerpos debían ocupar el espacio público. Quién debía mirar a las personas en las calles, plazas, parques, escuelas. Qué poses y gestos repetitivos debían tener.


Imagen 2.1 y 2.2. Archivo de monumentos derribados en Budapest utilizados en ¿Las estatuas también mueren? de Thais Fernandes.
Cuando se disolvió la Unión Soviética, estas presencias perdieron todo su poder de opresión. Así, cientos de manos, vacías ya de utopía, desmontaron, derribaron, destruyeron y decapitaron esas imágenes. Sin embargo, muchos de los nuevos gobiernos decidieron conservar los vestigios de este pasado, como forma recordar. Esta decisión se entiende por la fuerza visual y simbólica de una estatua que ha sido intervenida. La caída literal de un monumento simboliza la caída metafórica del régimen que la erigió. Estos actos forman parte de lo que se conoce como iconoclasia.
De eso se trata este parque en Budapest, el cual puede resultar muy exótico para quienes estamos lejos de esta historia de Europa. Como se dijo al inicio, la forma en que la directora brasileña logra inmiscuirse y vagar por el tiempo histórico es a través de las palabras y el juego de unos cuantos niños. Los diálogos inocentes e ingeniosos se ponen en contraste con las declaraciones de los visitantes que tienen miradas muy diferentes sobre el pasado europeo.


Imagen 3.1 y 3.2. Fotogramas de ¿Las estatuas también mueren? de Thais Fernandes.
Aunque el diálogo entre estas presencias infantiles y la pesadez histórica de las estatuas no se reduce a las entrevistas. Existen otros tipos de juegos, como diálogos que los niños inventan sobre las estatuas (rompiendo así su mutismo mineral) y monólogos sobre temas como la memoria y la historia que hacen eco con los discursos más elaborados de los mayores. Y todo esto mientras se hace una exploración visual de las estatuas y sus poses, del movimiento de sus formas, de la semiótica de un mundo que ya no existe.
Hay dos efectos aquí. Primero, la presencia de esos pequeños cuerpos infantiles, ágiles y coloridos contrasta con la presencia monumental, rígida y monocromática de estas figuras de metal y piedra. Y segundo, las voces infantiles que dirigen esa visita a un parque-museo una tarde de verano entran a los resquicios del pasado y la memoria de la vieja Europa del este gracias a su espontaneidad, ingenio y soltura.


Imagen 4.1 y 4.2. Fotogramas de ¿Las estatuas también mueren? de Thais Fernandes.
Este mecanismo tan sencillo tiene un gran poder político.
La historia de la iconoclasia suele ser un tema muy serio para discutir. Está en el terreno de la guerra de imágenes, de la batalla cultural. Pero Thais Fernandes introduce la mirada infantil como mecanismo para desplazar muchas formas de ver este nudo simbólico que son los monumentos y su destrucción.
Un monumento es, por supuesto, solemne. Hay gravedad en su peso. El peso de la historia, de la barbarie, de la opresión. Pero la película logra dejar una pregunta en el aire: ¿qué relación tienen los niños con los monumentos?
2. Conocer el horror
Hay un niño que conoce el horror con la historia de una estatua.
El recuerdo puede ser impreciso, como todo recuerdo infantil.
A las afueras del pueblo de tierra caliente hay una cabeza decapitada. Hay también en el parque del pueblo un busto sin brazos, mirando al norte, gritando. Los ojos bien abiertos, sin pupilas, por supuesto. Los dos monumentos conmemoran un acto de insurrección de hace más de 200 años. Pero es ante todo un recordatorio del horror.
En 1781, varios habitantes de El Socorro se levantaron en protesta a un aumento de impuestos en el Virreinato de la Nueva Granada. Empezaron una marcha a Santa Fe que creció en el camino hasta llegar a más de 20.000 personas entre españoles, mestizos, indígenas y afrodescendientes. El Virrey, temeroso de que lograran llegar a la capital, envió una comisión a negociar. Acordaron derogar los nuevos impuestos. La marcha se disolvió y ocho días después el Virrey desconoció los acuerdos y reanudó la persecución.
Un hombre sobresale en esta historia porque logró resistir varios meses huyendo entre el monte de medio país, liberando esclavos y burlándose del poder colonial hasta las últimas consecuencias. José Antonio Galán era un campesino mestizo y pobre que no tenía nada que perder. Finalmente fue capturado el año siguiente y el 1 de febrero fue ahorcado en Santa Fe. Luego su cuerpo fue desmembrado.

Imagen 5. Monumento a José Antonio Galán en Guaduas, Cundinamarca. Archivo del autor.
La cabeza de Galán fue enviada a la Villa de Guaduas y llegó el 3 de febrero a las 5:00 pm. Al día siguiente, la cabeza fue colgada a la entrada del pueblo, al lado del Camino Real, alta para que todos la vieran. Su brazo derecho fue enviado a Socorro, su brazo izquierdo a San Gil, su pierna izquierda a Mogotes y su pierna derecha a Charalá, donde había nacido 33 años antes.
El niño escucha esta historia y tiene pesadillas. Sueña con cabezas decapitadas.
Me pregunto: ¿cuánto puede expandirse un cuerpo? ¿Cuánta geografía puede abarcar el horror? ¿Cuántos cortes se precisan? ¿Cuántas posteriores reproducciones de esos cuerpos son necesarias? ¿De cuánto peso puede ser embestido luego un cuerpo? ¿Se puede reconstruir un cuerpo?
Es curioso que recuerde esa historia como la primera que le hizo pensar en el horror, cuando alrededor había cientos de cuerpos reales siendo decapitados, cortados, escenificados. Pero eso no lo sabía. El horror solo era un pedazo de metal. En la plaza del pueblo hay una cabeza gritando, puesta ahí, supongo, para recordar un acto heroico. Pero lo único que parece resonar es la historia de ese horror que se repite siempre.
3. ¿Las estatuas también mueren?
¿A quién le importa un monumento? ¿Quién se fija en él? Presencias mudas e inertes en medio de parques sucios, tratando de ser ridículamente solemnes. “Niño, la gloria es una estatua que cagan las palomas”, decía Fernando Vallejo en los cínicos años dos mil (qué lejanos se sienten ahora). ¿Qué nos iban a importar esos patéticos rostros en medio del horror?
Pero los tiempos cambiaron hace rato y por muchas razones ahora pienso todo el tiempo en esas representaciones de la figura humana que ocupan el espacio público para materializar discursos del poder. Sin embargo, el tema se extiende más allá de las piezas en sí, de qué representan, de quiénes las hicieron y para qué. Junto al acto de forjar o esculpir una estatua para luego ser erigida en el espacio público, están los actos de intervenir, modificar, desmontar o destruir dichas obras.
Estos actos de iconoclasia abren nuevos sentidos frente a las imágenes originales y significan muchas cosas tanto en el plano estético como político. Por ejemplo, es un acto que libera a las personas de la influencia ideológica y estética del pasado. Así, murales, grafitis, carteles, esténciles, performances, disputan a los monumentos oficiales la hegemonía de los sentidos. Como respuesta siempre hay una censura: una pintura blanca o gris cubre el color, la multitud es disuelta por la fuerza pública y a veces se desmontan los monumentos para ser escondidos.

Imagen 6. Archivo de monumentos derribados en Budapest utilizados en ¿Las estatuas también mueren? de Thais Fernandes.
Esto se debe a que el Estado debe controlar los significantes y sus significados, necesita velar por unas imágenes adecuadas. En este caso cuerpos, rostros, gestos y poses legibles.
En Colombia, este tipo de disputa estética y política la vivimos en el Paro Nacional de 2021, cuando, sorprendentemente, la discusión por los monumentos se volvió un tema de interés nacional.
Pasó más o menos así: el 28 de abril de 2021, un grupo de personas del pueblo misak se dirigió al cerro de Belalcázar en Cali y tumbaron la estatua del fundador de la ciudad. Eran las primeras horas de la mañana y para ese día se había convocado el inicio de un paro nacional. Nadie se imaginaba que iba a durar meses. La imagen del conquistador caído circuló en segundos por todas partes. Nadie se lo esperaba. Una imagen a veces es un pequeño fuego. Siempre es luz.
Por tanto, no hay que olvidar esto: la protesta social más grande de la historia de Colombia inició con un acto de iconoclasia.

Imagen 7. Monumento de Belalcázar derribado en Cali el 28 de abril de 2021. Fuente AFP.
El 7 de mayo cayó la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada en el corazón de la nación. A partir de ahí una ola de iconoclasia se extendió por todo el país: Neiva, Barranquilla, Ibagué, Popayán, Pasto. Misael Pastrana, Gilberto Alzate Avendaño, Simón Bolívar, Antonio Nariño, Cristóbal Colón. Nombres que siempre escuchamos sin atención. Nombres de calles, plazas, parques y escuelas.
Unos días antes a nadie le importaba la presencia muda de estas estatuas. Y de pronto todos hablaban de patrimonio, de vándalos, ¡incluso de arte! Estos actos se convirtieron en imágenes representativas del estallido social. Años después, las podemos entender en el presente como eso que denominan “batalla cultural”, aunque siempre ha habido una lucha estética y política por las imágenes.

Imagen 8. Fotograma de ¿Las estatuas también mueren? de Thais Fernandes.
Vuelvo a la película de Thais Fernandes.
En ¿Las estatuas también mueren?, tenemos entonces a estos niños con sus cuerpos y sus voces recorriendo la pesadez de la historia de la vieja Europa que duerme sobre esas presencias mudas. Pero ¿qué son para esos niños? Entre sus diálogos, hay varios que se me quedan grabados:
– ¿Y qué piensa de este lugar?
– No lo sé, porque no conozco las leyendas antiguas.
Y este otro:
– Una estatua es… Por ejemplo, si me quedo rígida como una estatua no soy una estatua, solo la estoy imitando.
Estas “ocurrencias” infantiles desplazan a otros espacios todo esto de lo que he hablado. “Leyendas antiguas” realza esta trasposición y convivencia de tiempos y con algo de burla se pierde el peso de lo antiguo y solemne que nos oprime. El decir “no soy una estatua, solo la estoy imitando” genera un juego de espejos que nos lleva al centro de la representación: ¿quién imita a quién? ¿quién mira a quién?
Y esto es lo importante: estas presencias no son pasivas ni tampoco nuestra mirada, y tampoco son estáticos y antiguos los tiempos que las habitan. Eso es lo que nos deja la mirada infantil puesta sobre estos objetos que suelen ser opresivos. El juego desintegra la solidez de su materia.

Imagen 9. Fotograma de ¿Las estatuas también mueren? de Thais Fernandes.
El gran diálogo en esta dirección es la especulación de cómo mueren las estatuas:
Pueden morir si las empujamos por un precipicio. Mueren como las personas, pero no sangran. Se desintegran. Pero no con un fusil. Solo si fuera un fusil tan grande que hiciera explotar la estatua. Esa estatua quedaría en tantos pedazos que no sería posible volver a armarla como un rompecabezas. Tomaría mucho tiempo y probablemente no quedaría igual.
¿Cuál es ese precipicio?
Pienso en la simpleza de esas palabras e imágenes. Por supuesto, nadie puede recobrar la “mirada infantil” y el solo decirlo suena ridículo. Pero hay muchas cosas que se pueden recobrar, o más bien, aprender de los niños. Como la profundidad que hay en esa simpleza. En estos tiempos turbios de “batallas culturales” que más bien, como muchos dicen, es una “batalla cognitiva”, volver a lo simple sería un acto de resistencia.
La estrategia ya es clara: usar la violencia de las imágenes y de los algoritmos para enturbiarlo todo, saturar el mundo y nuestros espacios compartidos, hasta el punto del agotamiento mental y físico. A la vez que se crea una simpleza falsa y reduccionista de las cosas, queriéndonos hacer creer en supuestos mundos idílicos premodernos que perdimos. Estos son los términos que impone esa “batalla cultural”. Pero no. El camino de la simpleza de las cosas sería un desvío a esa lógica, en busca de recobrar la riqueza de la experiencia.
Sí, las estatuas también mueren (aunque no por siempre) y lo hacen de maneras muy sencillas, así las discusiones sobre cultura, arte, estética sean complejas e insondables. Solo hay que empujarlas a un precipicio y que la materia se rompa a tal grado que sea imposible reconstruir su forma anterior. No darle chance material al revisionismo histórico ni a las estafas e imposturas fascistas.
Debe haber alguna manera de expulsar las marcas que ha dejado en nosotros la violencia de las imágenes y detener su influencia opresiva. ¿Cuántos traumas, complejos, miedos, represiones nos hacen cargar esas imágenes?
Pienso en esas estatuas del pueblo donde nací, en el miedo que me daban y cómo siempre fueron para mí la imagen del horror y la violencia política de Colombia. Pienso en el derribamiento de estatuas del Paro Nacional del 2021 y en el aura de hermandad, liberación, transgresión, felicidad que se tuvo que sentir al tumbar las imágenes de nuestras tiranías. Pero a la vez pienso en la violencia y la persecución que estos actos suscitaron y que se extienden hasta hoy en esa mal llamada “batalla cultural”.
La lucha contra las imágenes del poder siempre es una pregunta de cómo revertir la violencia y el horror que ejercen. Lo que a veces se pasa por alto, por seguir la gravedad que ellas mismas quieren imponer, es la necesidad de esa simpleza.
Imagino otra historia.
El niño del recuerdo de mi infancia ve la estatua de un decapitado y no se asusta sino que juega con ella y le inventa historias y diálogos.
En ese recuerdo alternativo, también hay mucho sol pero todo pasa al contrario, con menos horror.
El niño crece y su vida y la historia de su país pasa al contrario.
Porque un gesto siempre transforma una imagen. La convierte en otra cosa. En un fuego.




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