El espectáculo electoral | Las alucinaciones de un fascismo criollo | Las imágenes como adicción y fármaco

25–38 minutos

de lectura

Muchos entendimos algo importante luego del golpe tan bravo de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia: una gran parte de la contienda electoral se está dando en el terreno de las imágenes, de su producción y circulación, de las emotividades, aspiraciones, ansias y miedos que movilizan como mecanismo para construir una multitud que respalde un programa político.

A la luz de este contexto electoral, repasamos el ensayo “La nuestra es una época visual”, de Mario Montalbetti, y dejamos las presentes notas.

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Montalbetti, en este breve texto, nos da muchas luces para entender cómo la ultraderecha ha sabido crear, con sus imágenes, un mundo de fantasía bajo las lógicas del espectáculo. Es decir, le han dado “carne” a su programa fascista. Pero ¿cómo funcionan estas imágenes? ¿Qué significa eso de vivir en una “época visual”?

Para Montalbetti estamos en una época visual no porque estemos saturados de imágenes, sino porque no hay mediación entre ellas y nosotros, no hay un espacio —que él llama diferido— donde se dé el pensamiento, es decir, “lo verbal”. La imagen (lo que se ve y no lo que se lee) se presenta entonces como el resultado del proceso de producir un significado. Si recibimos una imagen directamente, es decir, sin ese proceso activo de construir su significado, entonces prima lo visual. Eso es una época visual: no un mundo lleno de imágenes, sino un mundo lleno de imágenes que dan sentidos cerrados que aceptamos pasivamente.

Notas por segundo arrocero

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En un reciente monólogo, Carolina Sanín (santa que no es de mi devoción) apunta algo que me resultó maravilloso: De la Espriella se presenta a sí mismo como una especie de “muñeco” y, con ello, ofrece a sus votantes la promesa de un tiempo que no pasa, de una eternidad posible. Esa eternidad es la del espectáculo, una nada donde el devenir de los pueblos y la historia se estancan. En esa inmovilidad o quizá en ese loop agobiante de este tiempo, como un video hecho con IA, el pasado de Abelardo no importa, no importan sus conexiones con el paramilitarismo, su nepotismo disfrazado de “bacanería” e inteligencia… de hecho aquí hay un punto terrible: disfraza su nepotismo, su actitud aventajada y tramposa de inteligencia.

La profunda estupidez se disfraza de inteligencia. Sin duda, es otro de los logros de esa cosa espantosa que llaman «malicia indígena». El vivo que vive del bobo es igual de bobo, solo que se vende a sí mismo como un logro de la inteligencia, pues es estúpido preocuparse por los demás, es estúpido colaborar. Tal es el esquema de valores que Abelardo De la Espriella representa. “Inteligente”, para gente como él, es aquel que está dispuesto a pasar por encima de quien sea para lograr que su empresita de mierda tenga éxito. Es un “muñeco” libre de pasado y libre de culpa.

Fotograma de Campesinos (1976) de Marta Rodríguez y Jorge Silva

No hay duda de que la política electoral y el espectáculo se solapan y hacen parte de una misma fuerza de intervención. No hay duda de que la “inteligencia” en el mundo del espectáculo está fuertemente relacionada con la competencia. No hay ya ninguna duda para mucha gente que el espectáculo es, en sí mismo, un dispositivo político, cuya terrible efectividad nos atormenta o maravilla todo el tiempo. Milei, Trump o De la Espriella son personajes del espectáculo, literal y figurativamente. Viven, digamos, un propio régimen de imágenes que busca, por contagio, mover afectivamente a los espectadores hacia la solidaridad e identificación con los déspotas, en este caso con el neofacho de Abelardo. Un amontonamiento de imágenes cerradas.

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Mario Montalbetti, entonces, se pregunta si la nuestra es una época visual, una donde predomina una relación particular con las imágenes: estas se presentan a sí mismas como significados cerrados que no es posible poner en duda. Este privilegio de lo visual sobre lo verbal, dice el escritor peruano, es propio del aparato estatal que necesita organizar las multitudes “nacionales” con efectividad, es decir, sin ser puesto en duda. Todo estado tiende a tener un monopolio de imágenes cerradas con significados fijos. Está acostumbrado a producir órdenes, a vigilar, no a pedir consenso o establecer diálogos e interpretaciones. El corrupto sistema electoral democrático al que estamos sometidas, así como el Estado y el espectáculo, como régimen, son espacios contiguos y, para usar el término de Montalbetti, visuales.

Fotograma de Machorka-Muff (1963) de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet

Todo esto apunta cada vez más a una idea: las herramientas que usamos para pensar todo producto audiovisual son muy útiles para analizar la complejidad de la producción general de imágenes. Digamos: ¿hay una analogía justa entre el mundo que habitamos y el cine? Como si la forma en que se constituye el orden de nuestro mundo (y la sociedad del espectáculo) operara con los mismos procedimientos con los que el cine funciona, es decir: ¿“vivimos” un mundo que funciona como las películas?, ¿comparten el cine y nuestra realidad occidental unas mismas materias constitutivas? Un paso más: para superar la oposición naturaleza/cultura, ¿podríamos mejor decir “la sobrenaturaleza del cine = a la sobrenaturaleza del mundo”? Un pasito final: tener agencia sobre la realidad implica enfrentarse a las imágenes, reestructurarlas, desgarrarlas, abrir sus potencias o debilitar sus ofensas a la vida.

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Guy Debord, al inicio de su famoso libro La sociedad del espectáculo, escribe: “El espectáculo no puede entenderse como el abuso de un mundo visual, como el producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Es más bien una Weltanschauung que ha llegado a ser efectiva, a traducirse materialmente. Es una visión del mundo que se ha objetivado” (p. 36). Por lo tanto, nos preguntamos ¿qué visión de mundo objetivada es el espectáculo abelardista?, ¿por qué se esfuerza tanto en venderle a su electorado ese tiempo eterno del “éxito”? Pensamos que la mediatización de estas imágenes espectaculares tiene una función bastante compleja en sus detalles, pero sencilla de enunciar: narcotizan a la gente. Y en un sentido muy literal.

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Ayer, mientras comíamos, Ele me llamó la atención sobre la cadena de noticias que acababan de transmitir en Caracol: luego de una nota sobre la “importancia de la pedagogía electoral” para la segunda vuelta, siguió una noticia sobre un caso de secuestro por parte de “la guerrilla” y luego una noticia que “conmemoraba” un año del atentado al entonces precandidato presidencial Miguel Turbay. ¿Ese fragmento audiovisual no parece, pues, el reverso fascista de un videoensayo de vanguardia? Los montajistas de Noticias Caracol operan con unas herramientas similares a la ola de videoensayistas y documentalistas de vanguardia, a quienes relacionamos (habría que repasar siempre por qué) con la izquierda o “progres”. La secuencia de esas tres noticias parece el experimento de un policía secreto disfrazado. Al pensar en esto me sentí, por un momento, en un delirio o en una novela de Roberto Bolaño que, en vez de poetas menores, se ilustra en los infiernos de la historia latinoamericana con un grupo de cineastas contemporáneos.

Fotograma de La impresión de una guerra (2015) de Camilo Restrepo

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Es necesario, por tanto, hacernos una pregunta incómoda: ¿qué papel está jugando Cepeda en medio del espectáculo electoral? O mejor: ¿qué herramientas y espacios de evaluación y reflexión ofrece a su electorado para que pensemos en torno a las imágenes que vienen consigo? ¿Qué diferencias hay entre la frivolidad absoluta de Abelardo De la Espriella y la plausible preocupación humanitaria de Cepeda, entre la “eternidad” del muñeco y la carga histórica de la vida de Cepeda, entre la forzada hipermasculinidad del “Tigre” y la supuesta ternura cool (🫰🏽) de Iván?

Claro, en nehhh apoyamos la elección de Iván Cepeda como presidente de este platanal de horrores. La historia nacional parece desquiciarse ante la aparición de personajes como él y su fórmula vicepresidencial, Aida Quilcué. La historia nacional es un complejo choque de muchas historias menores, oprimidas por la historia hegemónica, que es la de los oligarcas colombianos y sus cipayos (entre los que está el muñeco). Esa eternidad de la que hablamos arriba no cancela los esfuerzos de las historias menores por tener agencia o mostrarse, solo las oprime, les suma peso y violencia. A veces, por momenticos, veo las cosas sencillas: los proletarios, los criollos pobres y bastardos, las clases medias colombianas o como quieran llamarnos, somos un montón de gente desesperada, racistas, clasistas, arribistas, y eso parece explicar tanto. Luego pasa. Todo es más jodido.

¿Qué se podría decir en este espacio gris tan grande que son esas imágenes coloniales de oligarquía-pueblo? Si las imágenes del espectáculo se acercan al fascismo porque comparten su forma de manejar las imágenes, ¿qué tipo de uso de las imágenes se acercarían a la izquierda y al pueblo? ¿Hay algo diferente al espectáculo o se puede crear imágenes de espectáculo diferentes?

Si jalamos la pita conceptual que estas notas proponen, hay que ir más lejos: interrumpir el flujo espectacular de imágenes no implica solamente dárselas de crítico. No es suficiente escribir historias en Instagram o entradas de blog quejándonos en abstracto sobre el horror que vivimos o que sufren otros cercanas a nosotros. Más allá del Pacto, de Petro, de Cepeda, de Quilcué o del político que sea, necesitamos organizarnos, aborrecer el Estado y sus formas de mantener el núcleo del crimen inimputable. Por eso, si tienen alguna inquietud o alguna invitación de actividad organizativa en torno a los territorios audiovisuales, contáctennos.

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Notas por Adolfo Guerrero

Sí, todo está en el terreno de las imágenes. Pero Montalbetti nos da una aclaración esencial en este texto: estamos en una época visual no porque estemos saturados de imágenes, sino porque no hay mediación entre ellas y nosotros, no existe es «diferido» donde se da el pensamiento.

Siempre recuerdo la frase de Andrea Soto Calderón: no hay que pensar contra las imágenes sino desde las imágenes. Uno de sus libros empieza señalando no la crisis de una “época visual”, sino la crisis de la teoría y la crítica a la hora de entender dicha “época visual”. Para ella, mucha gente “crítica” cree (y supongo que ahí cae esa izquierda nostálgica e infértil) que las imágenes no nos dejan pensar y que una de las consecuencias más peligrosas que tiene su omnipresencia es acabar con el pensamiento crítico.

Montalbetti lo dice directamente: se cree que la palabra se contrapone a la imagen, que lo verbal es lo contrario a lo visual. Lo verbal es bueno porque permite pensar; lo visual es malo y nos vuelve estúpidos. Y en verdad hay gente que piensa de esa manera. Asimismo, del otro lado, la sofisticación del internet, las redes sociales, los algoritmos y la IA han creado un público masivo que también funciona bajo esa lógica: se ha vaciado la palabra de todo sentido y estamos expuestos a la inmediatez fascista de las imágenes cerradas y su operatividad, ante las cuales somos crédulos. Tantos unos como otros, a lado y lado de esta falsa dicotomía, vemos el problema bajo esta engañosa lógica.

Porque el asunto parece muy simple y obvio: pensamos con imágenes y las imágenes nos hacen pensar. Ahí es donde se juntan Montalbetti y Soto Calderón para darnos una claridad que necesitamos con urgencia: el problema está en la producción de sentido, porque lo visual y lo verbal son parte de la misma ecuación, y como dice Montalbetti “en verdad, necesitamos ambos ámbitos, el visual y el verbal, y un delicado balance entre ellos”.

Entonces habría que preguntarse: ¿cómo se lucha contra esas imágenes que son producidas bajo lógicas fascistas? ¿O más bien se debe pensar desde ellas? ¿Qué podría significar eso? ¿Intervenirlas con todo tipo de recursos estéticos y retóricos para hacer erosionar los significados cerrados que nos quieren transmitir? El problema es que precisamente están hechas para eso: para no pensar, para aturdir, para desgastar las capacidades cognitivas, para no poder tener atención ni generar asociaciones, para que no haya distancia entre ellas y nosotros y no se nos permita la lentitud del pensamiento. ¿Cómo vamos a pedir un pensamiento crítico cuando no podemos ni siquiera estar concentrados 20 segundos?

Fotograma de Trade Tatto (1937) de Len Lye

En todo caso hay que hacer el esfuerzo, salir de ese aturdimiento y generar a fuerza de terquedad y desesperación ese espacio, ese diferido, como dice Montalbetti, que hemos perdido.

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Llevo años sufriendo y pensando este gran problema de nuestra época: la pérdida de atención y la dispersión cognitiva. Todo se reduce entonces a imágenes fugaces (“figuritas”, dice Montalbetti) que coleccionamos en nuestra incapacidad de generar asociaciones y comprender un mundo cada vez más complejo y extraño (el momento capitalista que nos tocó vivir).

Entonces hay dos problemas: esas imágenes son producidas de tal manera que no exista ese espacio donde se da el pensamiento, pero también hay cierto tipo de disposición del público a preferir, buscar y consumir ese tipo de imágenes inmediatas. Al decirlo así me queda claro de qué tipo de relación estamos hablando: una relación droga-adicto.

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Algo característico del fascismo criollo son los conceptos de “vicio” y de “vicioso”, que tienen una función de segregación, persecución y exterminio. Como escribí en un artículo sobre Los conductos de Camilo Restrepo, este imaginario crea un espacio de marginación y condena social para arrojar allí toda disidencia y diferencia. Un “vicioso” era desprovisto de derechos y se justificaba su exterminio, lo que se llamó “limpieza social” en la época del paramilitarismo. El asunto es que dicho título no cae solo sobre los adictos, sino también sobre muchas otras minorías que se salen de la imagen normativa de ese fascismo criollo.

Ese mismo discurso se usa ahora en la campaña presidencial. Y por eso el imaginario de “vicioso”, “marihuanero”, como ciudadano degradado, se asocia a la izquierda. Hay aquí un hilo que lleva del prejuicio moral a la persecusión y exterminio político.

Al respecto, cruzando estas notas con José, le pregunté: ¿no será que de ese otro lado hay una comunidad que se constituye alrededor de otro tipo de drogas y adicciones? ¿Cuál es esa droga que constituye a esa otra Colombia, derechosa y fascista? Además, no olvidar que este fascismo criollo tiene un pie en el narcotráfico y de allí hereda gran parte de su poder vigente.

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La campaña de Abelardo De la Espriella fue una especie de “propaganda de choque”. Nos invadieron muy rápidamente esas imágenes de IA recreando fantasías grotescas de la propaganda de la ultraderecha, junto a la imagen más grotesca de todas, la del candidato creado a punta de marketing político. Nos metieron a todos en un régimen de imágenes avasalladoras y violentas, tanto que la izquierda cayó en el juego de defenderse de ellas, de ir contra ellas, más que de producir sus propias imágenes para llegar a la gente.

Uno ve ese espectáculo viral delirante que se construyó en meses y se convence de que es basuco para la cabeza aturdida de esa generación que creció entre el horror, la precariedad y la cerrazón del provincialismo. Esas imágenes explotan la adicción al miedo, al odio y a la servidumbre colonial, que se sostiene en cierto régimen de imágenes que poseen una larga genealogía. Esas imágenes de “muñecos” que simulan una materialidad que no existe son casi que alucinaciones de basuco que todos quieren ver (los muñecos no tienen carne, no son más que una masa sin interior ni superficie, siguiendo ese concepto que puso sobre la mesa la Sanín).

¿Cuál es el placer que generan? Voy a arriesgar algo: dicho de esta manera uno piensa en una multitud de personas que quieren que les alimenten sus prejuicios y que en su cerrazón no quieren lidiar con los cambios de un mundo que ya no entienden, pero yo creo que hay algo más, algo más fino. Estas imágenes de IA vienen a darle esa carne falsa a un mundo de fantasía en la que estas personas vivieron y que en cierto momento vieron derrumbarse ante ellos. Me refiero a la época del uribismo, al mundo de la seguridad democrática, donde unos ciudadanos de bien estaban atrapados en su arcadias urbanas mientras afuera, en el monte, estaba el mal subversivo que un patriarca estaba combatiendo y derrotando. Un mundo simple que ahora añoran. Pero todo era falso, ese mundo nunca existió.

La película Pirotecnia (2019), de Federico Atehortua, es tan importante porque señala el centro de lo que fue esa época: un espectáculo televisivo de guerra. El basuco de ese entonces era la TV y sus imágenes adictivas alrededor de las cuales se construyó una comunidad (andina y urbana principalmente). Aquí entra otra película esencial, más ensayística y directa: Cuerpos frágiles (2010), de Óscar Campo, donde la atención está en cómo se construye un relato de nación alrededor de los cuerpos asesinados, mutilados, yacentes. Las dos llegan a lo mismo, que yo pondría como el punto cero de todo este asunto: los falsos positivos.

Fotograma de Cuerpos frágiles (2010) de Óscar Campo

Pero sigamos con la línea de la droga y la adicción: con esto el narcótico perdió su efecto y más cuando vinieron unos años donde se buscó la verdad y la reparación. Lo que siguió fue un síndrome de abstinencia. Los cuatro años de izquierda en Colombia fueron vividos por miles de personas como ese infierno que describen los adictos cuando no pueden consumir más.

Pero no fue tan así. No estábamos en el régimen uribista, pero los relatos siguieron ahí, y rápido encontraron otra forma de distribución y consumo. Lo que ha pasado con los algoritmos de las redes sociales (a los que se les ha sumado la IA generativa visual) es que han venido a producir esa “carne” que se necesitaba. Ya no se necesita (por ahora) de cuerpos reales para escenificar una guerra, porque se tienen todas estas imágenes rápidamente producidas que han proyectado los restos nostálgicos de ese antiguo mundo en el que la gente no quiere dejar de creer.

Y ahí aparece ese “muñeco” último y acabado que es De la Espriella. Como también dice la Sanín, es un muñeco de tipo Frankenstein, hecho de retazos de ese mundo que ya no existe. Un mundo que solo queda en la mente de señores y señoras alebrestados, delirantes, que gritan y amenazan por la calle, con los ojos desorbitados, como cualquier adicto en abstinencia que no ve la hora de meterse otro carrazo. Ya estamos en un escenario de simulacro puro y duro. Este tipo, como cualquier imagen de IA, está vaciado de todo contenido, es decir, de toda historicidad. Al menos, eso es lo que ha construido el marketing político. Porque es todo lo contrario. Su discurso de no ser de “los de siempre” es un engaño que solo se sostiene con esa “propaganda de choque” que se ha aplicado. Hay que subirlo rápido antes de que ese muñeco de retazos se empiece a desbaratar.

Fotograma de El doctor Frankenstein (1931) de James Whale

Justamente por eso, del otro lado, la izquierda ha puesto tanto énfasis en señalar lo que realmente es este tipo. Todos sus vínculos con narcos y paramilitares. ¿Devolverle su carga de sujeto histórico lo destruiría?

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El Chepe dice: “Es un “muñeco” libre de pasado y libre de culpa”. Y me quedé pensando que no se mete mucho en la ecuación el tema de la Historia. Esa arena política como espectáculo es ahistórica, o más bien remite a unas nociones muy retorcidas de los hechos históricos, y así han producido esos “outsider” de mentiras. El cuento dizque de no ser de la “casta” y luchar contra ella se sostiene porque son individuos vaciados de Historia. Tanto, pero tanto es el simulacro, que De la Espriella tiene mil videos donde dice lo contrario que dice ahora y a la gente no le importa, no ven esas contradicciones porque no pueden ver continuidades temporales de ningún tipo. Así se ha podido crear un “muñeco” libre de pasado.

¿De dónde se imagina la gente que salió este tipo? Sigo pensando en cuál es el basuco de estas personas, porque todos estos me parecen síntomas de la adicción, rasgos del adicto: la falta de memoria, la incapacidad de generar conexiones, la distorsión de la realidad, la propensión a la ira y la violencia. Por eso estos “muñecos” de la ultraderecha se pueden contradecir todo el tiempo, pueden inventar cuentos de todo tipo cuando hay mil pruebas que los desmienten, y me pregunto si, además de las burbujas algorítmicas gestionadas con ejércitos de bots e IA que no solo manipulan sino que discriminan la información para crear esas fantasías, también hay cierto homo criollofashus que tiene totalmente alterada la realidad histórica, que de hecho es incapaz de asimilar una progresión histórica, y que en su remplazo tiene estos mundos alucinados de arcadias conservadoras donde todo era calmo, cuando en este país no ha habido un minuto sin violencia.

En esta línea, Cepeda está cargado de Historia, la de su padre y el exterminio de la UP. Si llegara a ser presidente, me parecería lo más consecuente para la historia de resistencia de este país. Pero Abelardo también tiene mucha historia, y también me parecería muy consecuente que fuera presidente: es un momento más de esa línea del fascismo criollo, el narco, el paramilitarismo y un largo etcétera de nuestra historia colonial.

La diferencia es cómo se presenta: Abelardo/el fascismo se vacía y se vuelve violento en su levedad histórica, Cepeda se vuelve tierno y esperanzador en su pesadez histórica. Pero nosotros, un pueblo crecido en la precariedad, país del rebusque, la informalidad, del vivir al diario, nos queda muy difícil proyectar una continuidad histórica de los hechos. Es demasiado fácil, en este terreno, construir estos muñecos fascistas ahistóricos que se presentan como puro espectáculo. El reino de una época visual.

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Dice el Chepe arriba: “¿Ese fragmento audiovisual no parece, pues, el reverso fascista de un video ensayo de vanguardia? Los montajistas de Noticias Caracol operan con unas herramientas similares a la ola de videoensayistas y documentalistas de vanguardia”.

Me parece una observación maravillosa. Es eso. Así funciona la propaganda fascista que bebe de los géneros que funcionan con el montaje asociativo. Si existe un “montaje fascista”, es aquel que acopla imágenes de manera tendenciosa con el fin de reducir, eliminar, ese diferido. Es construir una gramática de imágenes cerradas que al juntarse amplifican su efecto. Pero en un noticiero de TV la lógica sigue siendo la de la progresión lineal de la transmisión televisiva. Una noticia sigue a otra, es decir, hay que montar en una línea de tiempo.

Fotograma de Interface (1995) de Harun Farocki

Estoy de acuerdo en que hay un uso y formas fascistas del montaje. Pero yo agregaría que ha aparecido una tecnología aún más potente: el scroll como un montaje fascista ideal. Y lo es porque aquí ya no está la progresión lineal, sino que estamos en el terreno del hipervínculo, de la red, de la dispersión. Ya no hay línea y ya no hay centro, y se han programado los algoritmos para crear el escenario fascista último: el loop.

¿Qué es la repetición de consignas de propaganda, de imágenes rituales y de devoción sino un loop? Dar una y otra vez los mismos significados sin poder cuestionarlos (un eco de los principios de Goebbels).

Claro, estos se van gastando y gastando y cada vez se necesitan más dosis hasta que el narcótico no surte efecto y el organismo colapsa. De un tiempo para acá pienso mucho en algo: los regímenes abiertamente fascistas no duran mucho, así como cada 25-30 años aparece una nueva generación. Uno recuerda lo que dijo Pasolini: el fascismo se disfrazó de consumismo para perdurar más en el tiempo, sí, pero en todo ese trayecto muchas cosas no dejaron de nacer y nacer al mismo tiempo por todas partes.

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Una amiga de mi mamá, en un pueblo de tierra caliente donde casi el 70 % votó por De la Espriella, le dice: “a mí no me gusta mucho, pero hay que votar por él porque el Cepeda es un brujo, y la otra india ni se diga, solo es verla”. La señora es católica devota de toda la vida y claro que tiene muchos rasgos indígenas. Recuerdo unos 20 años antes cuando estas historias de propaganda negra circulaban de boca en boca y me fascinaba la forma en que alguien inventaba un cuento de esos y se ponía a circular por ahí. Ahora tenemos la inmediatez de ese scroll-montaje fascista. Me pongo a buscar y hay cientos de videos cortos que dicen en segundos, con un copy rápido y certero y con imágenes montadas vertiginosamente, lo que repite la señora. La droga.

Y he escuchado cientos de historias así, variantes de todo tipo. Así que me tomé la tarea de ver estos contenidos. Es impresionante todo lo que se encuentra, y me da real tedio ponerme a enlistar aquí esas imágenes y videos generados con IA, así como todo el contenido visual, ese “espectáculo en tiempo real” que ha montado De la Espriella con su imagen de muñeco.

Rápidamente el algoritmo te puede construir un scroll que te va a bombardear los ojos con estas imágenes. Estuve unos cuantos minutos yendo de reel en reel y me convencí de que no estaba exagerando cuando empecé a pensar esta línea del narcótico-adicto. De verdad estas imágenes han llegado a un nivel más alto de esa “época visual” del que habla Montalbetti. No hay espacio posible entre ellas y yo, no hay forma de pensar nada en la manera que están creadas. Y ahora se le agrega ese algoritmo que nos mete en un loop, en un estado catatónico de adicción visual del que uno no puede salir.

Estoy convencido de que no estoy exagerando. Estamos más intoxicados de lo que creemos.

Fotograma de Don Quijote (1992) de Orson Welles

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He usado la palabra narcótico y ya no estoy muy convencido de ella, porque este es solo un tipo particular de fármaco. Soto Calderón se pregunta cómo “revitalizar” estas imágenes homogenizadas que empobrecen nuestra experiencia e imaginación, y para eso recuerda el término griego de fármacon:

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Volvamos al principio. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo combatir en este terreno de imágenes narcóticas y usuarios adictos? ¿Qué tipo de propaganda, de estrategia comunicativa, puede construir la izquierda? ¿Qué tipo de relación nueva con las imágenes debemos construir para crear nuevas formas de comunidad? Creo realmente que hay una parte de la población con la que no se puede hacer nada. Que con el fascismo no se discute, sino que se le combate. Pero hay una parte más amplia de la población, sobre todo las generaciones más jóvenes que ya están siendo moldeadas con estos algoritmos, que todavía pueden entrar en otros regímenes de imágenes. Hay que tomar posesión del fármacon.

Hay una frase a la que me remito siempre: que la izquierda es fuerte porque tiene de su lado la verdad. Y son verdades. Pero esto es insuficiente si esas verdades no adquieren “carne”. Si la ultraderecha global ha sido capaz de crear todo un mundo de fantasía con sus imágenes bajo las lógicas del espectáculo, es decir, le ha dado carne a su proyecto fascista, ¿por qué la izquierda no puede hacerlo?

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He intentado crear otro algoritmo en mis redes sociales de manera más consciente, siguiendo cuentas que arriesgan a hacer todo tipo de contenido, saliéndose de la lógica de ese loop de muñecos que se parecen todos a todos. En medio de este mierdero electoral, me he percatado que muchos, pero muchos de estos influencers han entrado en el debate político abiertamente. Eso me hace pensar (y ver) en la riqueza del lenguaje visual y verbal que hay en todos ellos. Son elocuentes, diversos, sensuales, carismáticos. Todo está lleno de color, de música, de recursos de montaje y de encuadres de todo tipo, de elocuencia narrativa, de conexiones y conexiones y conexiones. Cuentas dedicadas a la música, al cine, a la fotografía, a la moda, a la historia, a la psicología que se vuelven encantadas e inesperadamente subversivas.

Me preguntaba después del golpe de la primera vuelta: ¿cómo es posible que ese mundo de imágenes tan pobres, tan mediocres, tan kitsch de la ultraderecha seduzcan y atraigan a tanta gente? Yo no puedo creer que no haya forma de librar esa batalla viendo la riqueza de cosas que hay. Por eso es sorprendente cómo en este par de semanas hemos visto con influencers y gente de todo tipo se ha lanzado a explotar esta riqueza, coordinándose espontáneamente alrededor de un objetivo y un momento concreto.

Fotograma de El espíritu de la colmena (1973) de Víctor Erice

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El término de propaganda de choque es importante aquí. Todas esas mentiras de la campaña que ha montado la ultraderecha global en Colombia no se sostienen, por eso todo tiene que ser muy rápido y ser alimentado constantemente (lo cual necesita muchos recursos y coordinación). El objetivo es subir vertiginosamente a este candidato para llegar al poder, porque con un poco más de tiempo se iría abajo. La estrategia funciona entonces en los algoritmos de las redes sociales: inducir ciertos flujos de contenidos para crear rápidamente estas fantasías de salvadores de la patria / delincuentes de izquierda que hay que destripar. Pero lo real siempre está ahí al acecho. Uno podría decirle al algoritmo esas palabras eternas de Chico Buarque: “Eu pergunto a você onde vai se esconder / Da enorme euforia / Como vai proibir / Quando o galo insistir / Em cantar / Água nova brotando / E a gente se amando sem parar”.

Un ejemplo se trajo a discusión: la forma en que ganó Mamdani en Nueva York. Su éxito fue ser capaz de transmitir y volver imágenes esas ideas tan “correctas” y del lado de la “verdad” que desde la izquierda profesamos. Darles esa materialidad necesaria para que llegaran a la gente. Yo también estoy de acuerdo: ahí es. Hay que crear los espacios para que esa “enorme euforia” se desborde.

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Hay una idea central que la pienso desde que se la leí a Fisher, creo que citando a Zizek: el capitalismo necesita prescindir del lenguaje, y creo que ya está consolidada su estrategia: hay que vaciar el lenguaje de todo sentido y función comunicativa y volver a las personas parte de una gran máquina que solo repite consignas y mentiras a través de sus interacciones en la pantalla.  

Por eso este año en especial nos enfrentamos de lleno a ese realidad donde el lenguaje ha sido vaciado de todo sentido y la propaganda política está en un punto completamente desquiciado donde ya ni siquiera los principios más básicos de contradicción funcionan. Este candidato puede decir una cosa hoy y la contraria mañana y pareciera que a nadie le importara. Estamos en el loop, en la adicción compulsiva del scroll.

Así, la política ha dejado de ser de palabras y de discursos, pero eso no quiere decir que solo pueda ser “visual”, también podemos recobrar su naturaleza “verbal” desde las imágenes. ¿Nos han vaciado el lenguaje de todo sentido?, entonces ¿por qué no recobramos las palabras desde las imágenes? ¿Y si el asunto es que las dos cosas se deben recobrar al tiempo porque nunca han estado separadas y así se podrán crear nuevos futuros desde ellas?

El ensayo de Montalbetti termina con una frase que lo resume todo: EL PELIGRO REAL ES PUES QUE LA NUESTRA NO SEA SIQUIERA UNA ÉPOCA VISUAL.

REFERENCIAS

Debord, Guy. (2014). La sociedad del espectáculo. Fundación Editorial El perro y la rana.

Montalbetti, Mario. (2014). Cualquier hombre es una isla: ensayos y pretextos. Fondo de Cultura Económica.

Soto Calderón, Andrea. (2020). La performatividad de las imágenes. Ediciones Metales Pesados.

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